viernes, 18 de julio de 2014

Santa Misa y Comunión



La Iglesia nos enseña que el Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo que el de la Cruz. Por lo tanto, los frutos son idénticos.

En su apartado 665 el Catecismo Mayor de San Pío X puede leerse: ¿Quien participa de los frutos de la Misa? - Toda la Iglesia participa de los frutos de la Misa, pero en particular: 1º., el sacerdote y los que asisten a la Misa, los cuales se consideran unidos al sacerdote; 2º., aquellos por quienes se aplica la Misa, así vivos como difuntos.

Es así como cada uno de aquellos que están en el templo uniéndose con su oración al Santo Sacrificio, participan de sus frutos infinitos. Simplemente bastará a los fieles tener la intención de participar de estos frutos y unirse devotamente al sacerdote celebrante. Puede decirse que aquellos que asisten a la Santa Misa, obtienen la misma gracia que los que fueron testigos de la crucifixión y muerte del Salvador, en el Monte Calvario.

Ahora bien, así como Jesucristo fue el único capaz de ofrecer el verdadero sacrificio Redentor, sólo los sacerdotes válidamente ordenados son capaces de ofrecer el sacrificio de la Misa. Sin Jesucristo no hay Redención posible, sin sacerdote celebrante no hay Santa Misa. El sacerdote en el altar, es Cristo en el Calvario. No solo hay una identidad en el Sacrificio, sino una identidad en la Persona.

El Sacrificio de la Misa se opera por la transustanciación y la comunión del celebrante. De ahí que la comunión de los fieles no hace a la validez de la Santa Misa. De hecho, igual eficacia y dignidad tiene la Misa celebrada por un sacerdote en privado, sin la asistencia de fieles, que aquella que pueda celebrar el Papa un día de festivo y a la que asisten miles de personas. En ambas, un sacerdote legítimo consagra y comulga las Especies Sacramentales.

Escribe el Padre Antonio Molina, en su libro Tratado sobre la dignidad del sacerdocio: ¨No hay nada más ventajoso para el hombre, ni más útil para las almas del Purgatorio, que el Sacrificio de la Misa. Su excelencia es tal, que todas las otras buenas obras unidas a la práctica de las virtudes más altas, no valen nada en comparación de ella.¨

No llegaremos nunca a comprender el infinito valor de la Santa Misa. Este valor tan grande, proviene de que es ella obra exclusiva de Nuestro Señor. Su eficacia no depende de nuestra voluntad, como si lo hacen nuestras obras de caridad, nuestras penitencias o nuestras oraciones. Estas, si bien tienen su inspiración en Dios, son obras nuestras.

Dice el Padre Martín de Cochem: ¨Es de fe que los méritos de la Pasión y Muerte de Jesucristo constituyen las bases más legítimas de nuestra esperanza. En la Misa se aplican estos méritos a todos los asistentes en estado de gracia; así, pues, apoyarse llenos de confianza en la Misa, es apoyarse en los méritos mismos del Salvador. No me digáis que esos méritos divinos nos son comunicados igualmente en la confesión y en la comunión, porque hay gran diferencia entre el que recibe los sacramentos y el que oye Misa. el primero, debe tener arrepentimiento y propósito de la enmienda bajo pena de cometer un sacrilegio, mientras que el segundo, aunque asista a la Misa en estado de pecado mortal, lejos de empeorar, mejora su situación en este sentido, puesto que el Santo Sacrificio atrae sobre él la gracia de su conversión si no opone a ello resistencia.¨

Los fieles reciben más gracias por la audición devota de la Santa Misa, que por la recepción de la Santa Comunión. Más mérito obtiene aquel que estando en gracia, asiste a la Santa Misa, aunque no pueda comulgar en ella, que aquel que sólo se contenta con recibir la Santa Comunión en privado o habiendo llegado al templo cuando la Misa ya ha comenzado.

Esto viene confirmado por los preceptos de la Iglesia. Mientras que los cristianos sólo están obligados a comulgar una vez al año por Pascua o por estar en peligro de muerte, están obligados a asistir a la Santa Misa todos los domingos y días festivos.

No dejemos pues de asistir a la Santa Misa, podamos o no comulgar en ella. No perdamos oportunidad para invitar a nuestros conocidos: estén ellos en gracia o no, sean o no cristianos devotos. No debe importarnos si llevan una vida limpia o llena de pecado: ¡Una sola Misa tiene la virtud suficiente para cambiar el mundo entero! Por todos aquellos que no lo rechazan expresamente, Jesucristo, se vuelve a ofrecer en sacrificio en cada altar. A nadie el Redentor niega su gracia, a todos quiere salvar.


¡Sitio! Ese grito del Señor en la cruz, vuelve a resonar silenciosamente en cada Misa. Cristo tiene sed de almas. Sed de amor. Desea ser amado y honrado en el Sacramento. Su voz clama por cada uno de nosotros, sobre todo por aquellos que más alejados de Él están. El Redentor reclama la presencia de todos nosotros, pues por amor a nosotros derramó hasta su última gota de Sangre.

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