viernes, 4 de abril de 2014

Reglas para vivir santamente



Estimados amigos,

A continuación, transcribo estos breves consejos, redactados hace muchos años. Algunos pequeños detalles son un tanto antiguos, a pesar de ello sus ideas rectoras no han dejado de perder vigencia. Se darán cuenta de la sencillez con que están escritos y de la pureza de intención que los anima.

Muchas generaciones de fieles católicos, los han seguido silenciosa y humildemente en su caminar hacia la Patria Celestial. Cuando lean estas líneas, será inevitable recordar aquella abuela, aquel padre, a ese tío o a ese sacerdote anciano, que vivían su fe con humana naturalidad, pero con sobrenatural simpleza. Personas a quienes hemos canonizado en nuestros corazones, y que tenemos la certeza de que ya gozan de la Visión de Dios.

Algunos me dirán que estas prácticas resultan arcaicas en estos tiempos. En la actualidad casi todas ellas han sido olvidadas y abandonadas por nosotros, y reemplazadas por otras formas, nuevas formas.

Sobre todo en este tiempo de Cuaresma, pienso que sería bueno recordar estos pensamientos, e incorporarlos a nuestra vida de piedad. Lo útil, la razón y el sentir parecen ser los principios que rigen nuestras vidas y conducen a la humanidad a un terrible y frío sin sentido. Frente a ello, aprovechemos estos breves pero sabios consejos, en los que se ve la calidez de la Verdad.



Que San José, maestro de vida interior, nos ayude a vivir santamente
.


Hay muchísimos a quienes toda la vida les pasa en propósitos, y llegando la hora de la muerte, se encuentran muy llenos de buenos deseos y muy vacíos de buenas obras, cuando ya no hay tiempo de enmendarlo. Para que tú, devoto lector, no incurras en este tan perjudicial engaño, quiero proponerte en modo fácil de reducir a la práctica esos deseos, y un método de acciones virtuosas para cada año, mes, semana y aun para cada día.


Para cada año

I. Señalar un día para emplearlo únicamente en el cuidado de tu alma, y en este tiempo hacer confesión general, o al menos del año pasado o de la última, escogiendo para este efecto un confesor docto, santo y de quien tengas una entera satisfacción, para continuar en adelante confesándote con él, y consultándole en todas tus cosas, lo que importa sumamente para caminar con acierto; debiendo persuadirte que Dios le asistirá más que a ningún otro para que te dirija con su consejo.

II. Prepararse y disponerse para las festividades más solemnes con particulares ejercicios de piedad, como ayunos, penitencias, novenas, oración y lección de aquella fiesta o misterio.

III. Celebrar con particular devoción las fiestas del Señor y de la Virgen Santísima, visitando alguna iglesia o altar de su advocación, y confesando y comulgando aquel día.



Para cada mes

I. Tomad por particular patrono de todo el mes algún Santo, celebrando su día con ejercicios de mayor piedad y devoción.

II. Determinad un día del mes en el cual, por espacio a lo menos de media hora, os tomaréis cuenta del adelantamiento y el atraso que hubierais hecho en el aprovechamiento de vuestra alma, y lo manifestaréis sinceramente a vuestro director.

III. Comulgaréis en el mes las veces que vuestro Padre espiritual os ordenare, renovando en este tiempo los buenos propósitos que habéis hecho; y si aún no hubiereis determinado el estado que debéis tomar, éste es el tiempo de pedirle a Dios luz para no errar en una elección de tanta consecuencia, de cuyo acierto las más veces depende la salvación, pues teniendo a Dios dentro de vos mismo, oiréis más de cerca su voz.



Para cada semana

I. Santificaréis las fiestas, a más de oír devotamente la Misa, acudiendo a alguna congregación, asistiendo al sermón y otros ejercicios santos, visitando alguna iglesia donde haya indulgencia o esté expuesto el Santísimo Sacramento.

II. No dejéis en todo caso de acudir a donde se explique la doctrina cristiana; y si os halláis en estado de instruir a otros, hacedlo con mucha paciencia o caridad, entendiendo que este es oficio de apóstol y de mucho merecimiento para con Dios.

III. Asistid siquiera un día a la semana a alguna iglesia donde se tenga oración y se haga algún ejercicio de penitencia corporal, y tanto en la oración como en las mortificaciones, proceded por el consejo de vuestro Padre espiritual.



Para cada día

I. Dejad la cama a buena hora, y sea lo primero levantar vuestro corazón a Dios, ofreciéndole todas las acciones de aquel día; pedidle no permita caigáis en algún pecado, especialmente en aquellos a que más os inclinan vuestras pasiones, y proponeos la enmienda de todo corazón. Tened la intención de ganar todas las indulgencias que podáis aquel día; encomendaos de veras a la Virgen Santísima, al Ángel Custodio, al santo de vuestro nombre y a los que tuviereis por especiales abogados y a las santas almas del Purgatorio.

II. Emplead por lo menos un cuarto de hora en la oración mental; oíd todos los días la Misa con devoción; leed algún libro espiritual, y procurad no perder el fruto leyendo después libros profanos o dañosos. A la noche examinaréis todas las acciones, pensamientos y palabras de aquel día; si hallareis alguno bueno, dareís gracias a Dios, a quien debéis atribuirlo; de lo malo pediréis perdón imponiendoos la enmienda.

III. Procurad con particular cuidado huir de las malas compañías, de las conversaciones inmodestas, de los juegos inmoderados, y en general vivir con sumo cuidado para no caer en los lazos que cautelosamente os arma el Demonio, ocultando el peligro de las ocasiones.

IV. Entre día, y con la mayor frecuencia que podaís, acordaos que Dios os mira, y particularmente en las tentaciones de que fuereis combatidos, acudid a Su Majestad con algunas oraciones jaculatorias. Ofrecedle vuestras acciones indiferentes, el estudio, los negocios de vuestro estado, la recreación honesta, dando gloria al Señor en todas las cosas y procurando en todas aumentar vuestros merecimientos. Huid del ocio, origen de muchos y graves pecados. Atended seriamente al estudio o al cuidado de vuestra casa o familia, según fuere vuestro estado, porque esto es lo que Dios quiere de vosotros. Finalmente, tened entendido que cual fuere vuestra vida, así os hallaréis en la hora de la muerte.


Tomado del libro: ¨Las Joyas del Cristiano¨

Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

domingo, 30 de marzo de 2014

Los ornamentos de la Misa



Los ministros ordenados de la Iglesia Católica tienen especiales ornamentos, cuando realizan las ceremonias litúrgicas. Dichas vestiduras tienen una profunda significación, si se tiene en cuenta el sentido de las oraciones que el sacerdote y los ministros dicen al revestirse de ellas. Tienen una marcada relación con la Pasión de Nuestro Señor.

El amito es un velo blanco que el sacerdote pasa sobre la cabeza y con el que cubre los hombros. Significa el escudo de salvación; esto es, la confianza en Jesucristo, y nos recuerda el paño con que los soldados cubrieron los ojos del Salvador, para insultarlo. El amito nos recuerda que debemos siempre tener pensamientos puros, combatiendo sobretodo aquellos que nos vienen contra la castidad. Nos recuerda también la modestia de las palabras y el cuidado que debemos tener de no conversar inútilmente en la iglesia.

El alba es una túnica blanca, larga y que desciende hasta los pies del sacerdote. Remite a la túnica blanca con la cual Herodes mandó vestir a Cristo, para decir que era loco. El alba nos recuerda que seremos tildados de locos por el mundo si fuéremos fieles a Nuestro Señor, siguiéndole los pasos y renunciando a las ilusiones de este mundo para alcanzar nuestra recompensa en el Cielo. El hecho de descender el alba hasta los pies significa que debemos perseverar en las buenas obras. Es el símbolo de la pureza que el padre debe tener al rezar la Santa Misa y que los fieles también deben tener al asistir a ella.

El cíngulo es una cuerda con la cual el sacerdote ciñe el alba a la altura de la cintura. Nos remite a los azotes de la flagelación de Nuestro Señor, bien como la cuerda con la cual amarraron a Nuestro Señor para arrastrarlo. Nos recuerda las virtudes de la fortaleza y de la castidad.


El manipulo es un paño que el sacerdote trae en el brazo izquierdo. Su origen está en el hecho de que los filósofos griegos llevaban en el brazo un paño para secar el sudor del rostro cuándo enseñaban en las plazas; bien como en el hecho de que los trabajadores también llevaban un paño en el brazo para secar el sudor del rostro cuando trabajaban. Nos remite a las cuerdas con que ataron las manos de Nuestro Señor. Nos recuerda la autoridad que el sacerdote tiene para predicar la verdad, bien como que debemos trabajar para conseguir el Cielo, haciendo buenas obras. Es un deber del sacerdote no temer ni los sufrimientos ni el trabajo.

La estola es un ornamento que el sacerdote trae en torno del cuello y que cruza sobre el pecho. Nos remite a la Cruz que Nuestro Señor cargó. Ella es el símbolo de la dignidad y del poder del sacerdote, y nos recuerda el respeto que debemos tener para con los padres. El hecho de estar cruzada la estola en el pecho del sacerdote significa también el cambio que los judíos y gentiles hicieron en la crucifixión de Jesucristo, pasando los judíos de la mano derecha a la izquierda y los gentiles de la mano izquierda a la derecha de Dios.

La casulla es un manto abierto de los lados y que el sacerdote pone por cima de todos los otros paramentos. Ornamento de nobleza, es la vestidura real del sacerdote y nos remite al paño rojo con el cual los soldados romanos vistieron a Nuestro Señor, para burlarse (Jn. 19, 1-3). Nos recuerda a virtud de la caridad, que debe animar las nuestras obras y oraciones. Nos recuerda también el yugo de la Cruz de Cristo que asumimos en el Bautismo. Es por eso que generalmente se diseña una cruz atrás de la casulla y por delante la columna de la flagelación.

El sacerdote lleva en sus manos el caliz y la patena, cubiertos con el cubrecaliz, sobre el cual se coloca la bolsa de los corporales.

sábado, 29 de marzo de 2014

Misa de Siempre en Mar del Plata

Cuaresma 2014



Domingos 11.30 hs.
Iglesia Stella Maris (Base Naval Mar del Plata)

sábado, 15 de marzo de 2014

Forma Extraordinaria prohibida en Costa Rica


El motivo de este comunicado es dar a conocer de forma resumida la situación en Costa Rica, particularmente en la Arquidiócesis de San José, en relación con la Santa Misa de Siempre, también llamada Misa Tridentina, Misa Tradicional en Latín o Forma Extraordinaria del Rito Romano.



Mons. Barrantes
Arzobispo emérito

   Una Voce Costa Rica, miembro de la Foederatio Internationalis Una Voce, agrupación con aprobación de la Santa Sede, ha venido trabajando en los últimos años para que todos los católicos de Costa Rica puedan disfrutar de aquello que en la carta que acompaña al Motu Proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI se le llamó:“un tesoro precioso que hay que conservar”.

   Desde finales de 2010, en aquel entonces como Agrupación San Pío V y hoy en día como Una Voce Costa Rica, contactamos a varios sacerdotes diocesanos que se encontraban muy interesados en aprender a celebrar la Santa Misa y que se motivaron más cuando comprobaron que era una iniciativa seria, y que la misma era impulsada en su mayoría por jóvenes. Desde un inicio consideramos muy importante poner nuestro proyecto bajo el cuidado pastoral de nuestro señor Arzobispo (Su Excelencia Hugo Barrantes) y por ello le contactamos y pedimos una audiencia, la cual tuvo lugar a finales de 2011. El Señor Obispo fue breve. Básicamente nos conoció y nos dijo que buscáramos a sacerdotes interesados. Eso hicimos y unos tres meses después solicitamos una segunda reunión donde le presentamos un listado de sacerdotes, al mismo tiempo que le notificamos que teníamos todos los implementos básicos para la celebración (Misal, Sacras, etc). El Señor Obispo en esa misma reunión designó al Padre German Rodriguez (Párroco en las afueras de San José) como supervisor para todo lo relacionado a la Misa.




Misa en Escazú
(a puerta cerrada, en secreto) 


      Iniciamos ensayos junto con los sacerdotes interesados para aprender a celebrar la Santa Misa. Luego de muchos días y mucho tiempo invertido uno de ellos (el Padre Jose Pablo Tamayo) se sentía completamente preparado para celebrar y así procedimos a tener la primera Misa, en la Iglesia La Merced (donde nos encontrábamos ensayando). Desde ese momento empezaron los problemas con varios sectores del clero, al punto que no teníamos sitio para celebrar (ni aún cuando celebrábamos de forma totalmente privada). Se nos dijo que La Merced era solamente para ensayos y no para Misas reales, y así la que sería nuestra segunda Misa se canceló minutos antes de iniciar. Fue ahí cuando el Padre German nos facilitó un altar lateral en su parroquia siempre y cuando fuera en día sábado y a puerta cerrada. Nadie debía enterarse de lo que ahí ocurría, al grado que inclusive fuimos amonestados una vez por llevar mucha gente (en su mayoría amigos y familiares).




Primera Misa en La Merced
(a puerta cerrada, en secreto) 

                         
       También se nos pidió que no diéramos a conocer fotos. Inicialmente pensamos que la diócesis quería prudencia y tener seguridad de que la Misa se estaba celebrando correctamente (lo cual es una preocupación válida y sabia, que cualquier persona con amor a la liturgia debería tener). Pasaron los meses, existía una perfección en la forma de celebrar, comprobada inclusive por un sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (Padre Kenneth Fryar, FSSP ) y la situación no cambió. Tampoco tuvimos nunca el privilegio de tener presente en dichas Misas al Padre German, delegado del Obispo y párroco de esa iglesia, pues él se retiraba a sus labores cuando iniciábamos. 




Actual Arzobispo
Mons. José Rafae
l

        Luego de varios meses y viendo que habían muchos fieles interesados pero que no se les permitía asistir, solicitamos por medio de una carta al Padre German Rodriguez que se nos permitiera celebrar de forma pública al menos todos los domingos del mes, y en una Iglesia en la ciudad capital, y no en las afueras como hasta el momento se había dado (para facilidad de todos los fieles que venían de todo el país). También expresamos que podría perfectamente ser a una hora donde no hubiera Misa para no afectar así los horarios que ya existían. Nunca recibimos respuesta a esta carta. Volvimos a solicitar al menos dos veces más y tampoco recibimos respuesta. Al no haber comunicación efectiva con el sacerdote delegado del Arzobispo, decidimos de nuevo volver a contactar directamente a Monseñor Hugo Barrantes. Lo tratamos de contactar por medio de cartas (de las cuales tenemos copia sellada) al menos tres veces sin recibir respuesta alguna. En enero 2013 entregamos de forma personal (un miembro de Una Voce Costa Rica viajó al Vaticano) el expediente detallado y completo de todas las cartas y demás pruebas a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei. A mitad de año (ya con el Papa Francisco) el señor Leo Darroch, Presidente de la FIUV, tuvo una reunión en la Comisión Ecclesia Dei y confirmó que tenían nuestro expediente. Hasta el día de hoy (Marzo 2014) no tenemos respuesta alguna ni del Arzobispo, ni de Ecclesia Dei, ni de ninguna otra autoridad. También a finales de Agosto, cuando asumió las riendas de la diócesis el nuevo Arzobispo, Monseñor José Rafael Quirós, le contactamos y de nuevo jamás obtuvimos respuesta alguna a nuestras cartas.

     De forma general también hemos sido testigos del como ningún párroco se atreve a autorizar la Santa Misa sin el permiso expreso del señor Arzobispo, aún cuando tienen el permiso general que otorga la ley de la Iglesia (desde Quo Primum Tempore hasta Summorum Pontificum). Tampoco ningún sacerdote, con la excepción de uno, se atreven a celebrar el rito tradicional si no existe autorización del Arzobispo, aún cuando la ley de la Iglesia es enfática al decir que no se requiere de ningún permiso de ningún superior.

     Cabe mencionar que antes de la primera reunión con el Señor Obispo, un sacerdote de Ecclesia Dei, el Padre Mark Withoos, había visitado el país en sus vacaciones por invitación de varios fieles tanto de nuestra agrupación como del exterior. La Santa Misa que él celebraría fue cancelada a última hora, y luego de una reunión con el Arzobispo se le confirmó que solo podría celebrar en privado y sin la participación de los fieles que habían sido originalmente invitados a la que habría sido una Misa pública.

    Debido a todo lo anterior los fieles en Costa Rica no pueden gozar por medio de la arquidiócesis del tesoro espiritual que es la Santa Misa de Siempre, tesoro que tienen derecho de recibir, tesoro que no puede ser prohibido por ningún arzobispo, creándose así un estado de necesidad escandaloso y sin precedentes en la historia de la arquidiócesis. En nuestro país existe una prohibición silenciosa, de facto, contra la Misa que vivieron todos los santos, desde San Gregorio Magno, a San Francisco de Asís, al Cura de Ars, y culminando con el Padre Pío. Una Voce Costa Rica seguirá luchando para que las normas y leyes de la Iglesia se cumplan en nuestro país, teniendo siempre en mente que la ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas.


Hacemos de las palabras de San Atanasio nuestra esperanza:


“Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos, entonces, poseen los templos. Vosotros, en cambio, la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que allí se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia, descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que permanece inconfusa.Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al contrario, esos mismos contenidos de la Fe que ellos han querido desplazar, los han destruido a ellos... pero, repito, cuanto mayor es el empeño de éstos por dominar la Iglesia, tanto más están fuera de ella. Creen estar dentro de la verdad, aunque en realidad están excluidos de ella, prisioneros de otra cosa, mientras la Iglesia, desolada, sufre la devastación de estos supuestos benefactores”


(Extracto de la Carta de San Atanasio a los Católicos que Sufrían en Manos de los Herejes Arrianos)

jueves, 13 de marzo de 2014

sábado, 15 de febrero de 2014

Jean Madiran y la “Historia de la Misa prohibida”



(de Roberto de Mattei, traducciòn de Tradición Digital ) No es quizá una casualidad que Jean Madiran haya fallecido, el 31 de julio de 2013, con 93 años de edad, justo mientras en la Iglesia estallaba el “caso” de los Franciscanos de la Inmaculada. En efecto, los Frailes franciscanos del padre Stefano Manelli se encuentran hoy viviendo un drama que Madiran y otros pioneros de la resistencia católica contra el progresismo vivieron en los años setenta del siglo XX, tras la promulgación del Novus Ordo Missae de Pablo VI.
Jean Madiran, seudónimo de Jean Arfel, nació el 14 de junio de 1920 en Libourne, en el departamento de la Gironda y, desde su más temprana juventud, se hizo notar por sus talentos de escritor y periodista. Se acercó a Charles Maurras, pero una profunda conversión intelectual lo llevó a redescubrir el pensamiento de santo Tomás de Aquino, bajo el magisterio de maestros como Etienne Gilson y Charles Koninck. Con 36 años, en 1956, creó la revista “Itinéraires”, destinada a ser, durante casi cuarenta años, el punto de referencia del mundo de la Tradición en Francia y, en 1982, fundó el diario “Présent” en el que ha seguido publicando sus lúcidos artículos editoriales hasta pocas semanas antes de la muerte. Fue, junto con Augusto Del Noce, Alain Besançon y otros pocos, uno de los estudiosos más agudos de las raíces ideológicas del comunismo (especialmente con La vieillesse du monde, Dominique Martin Morin, 1966), pero sobre todo fue un observador implacable de los procesos de autodemolición de la Iglesia en obras como L’Héresie du XX siècle (Nouvelles Editions Latines, 1968) y La révolution copernicienne dans l’Eglise (Editions de Paris, 2004).
La herejía del siglo XX salió en Francia en 1968 y fue el primer libro que se tradujo al italiano, en 1972, publicado por la editorial de Giovanni Volpe. En esta obra, en la que dijo que había manifestado todas las razones de la batalla intelectual de su vida (“Présent”, 13-14 de mayo de 1988), Madiran denuncia el alejamiento de la doctrina social de la Iglesia por parte del episcopado francés, viendo en esto una de las principales causas de la crisis de su tiempo. En 2011 se tradujeron al italiano otras dos obras suyas muy significativas: L’accordo di Metz tra Cremlino e Vaticano [El acuerdo de Metz entre el Kremlin y el Vaticano] (Editore Pagine) y La destra e la sinistra [La derecha y la izquierda] (Fede e Cultura). Justo en ese año Jean Madiran estuvo en Italia, invitado por la Fundación Lepanto, sorprendiendo a los que le encontraron por su vigor intelectual y por el conocimiento que tenía de las obras críticas sobre el Concilio Vaticano II recientemente publicadas en Italia.

Pero en estos días, Madiran merece ser recordado también por su indómita defensa de la Misa tradicional, de la que trazó la historia en su libro Histoire de la Messe interdite [Historia de la Misa prohibida] (2 voll., Via Romana, 2007 y 2009). Tras la Constitución Apostólica Missale Romanum con la que Pablo VI, el 3 de abril de 1969, introdujo la nueva Misa, el 12 de noviembre de ese mismo año apareció en Francia un decreto, firmado por el cardenal Marty,presidente de la Conferencia Episcopal, con el cual se establecía el uso obligatorio del nuevo Ordo Missae, en francés, a partir del 1 de enero de 1970. Esto conllevaba que la Misa tradicional, vigente desde hace siglos, estaría prohibida desde el 31 de diciembre de 1969. Empezó entonces una batalla que aún no ha concluido.
Recuerda Madiran que desde los años cincuenta del siglo XX, los obispos y los teólogos franceses se habían distanciado de la Iglesia de Roma, acusándola de ser prisionera de una escuela teológica y jurídica represiva. El Vaticano II brindó la ocasión para lanzar un ataque sistemático a la escuela teológica romana y también para contribuir al vuelco litúrgico de Pablo VI, sensible, desde su juventud, a las sugestiones de los ambientes progresistas franceses. Cuando se inauguró el Concilio Vaticano II, en octubre de 1962, padre Yves Congar, futuro cardenal, lo definió entusiasta “la Revolución de octubre de la Iglesia” (refiriéndose a la Revolución de octubre leninista de 1917): una Revolución que no tuvo su punto culminante en los documentos del Concilio, sino en la Reforma litúrgica que los siguió.
Cuando, en abril de 1969, el nuevo Ordo Missae entró en vigencia, unos eminentes miembros de la jerarquía desarrollaron una persuasiva crítica. Los cardenales Ottaviani y Bacci presentaron a Pablo VI un Breve examen crítico del Novus Ordo Missae redactado por un selecto grupo de teólogos de varios países, en el cual se afirmaba que “el Novus Ordo Missae (…) representa, tanto en su conjunto con en los particulares, un impresionante alejamiento de la teología católica de la Santa Misa, tal y como fue formulada en la sesión XXII del Concilio Tridentino el cual, fijando definitivamente los ‘cánones’ del rito, erigió una barrera infranqueable contra cualquier herejía que intentara menoscabar la integridad del misterio”. La crítica del Novus Ordo fue sucesivamente desarrollada por muchos estudiosos laicos, entre ellos: el francés Louis Salleron, el inglés Michael Davies, el brasileño Arnaldo Xavier da Silveira. En Francia, Jean Madiran fue un convencido difusor del Breve examen crítico y recogió en su “Itinéraires” las voces de todos aquellos que, en conciencia, consideraban no poder aceptar la Nueva Misa. Un eminente canonista, el abad Raymond Dulac, volvió a publicar en abril de 1972, con un esmerado comentario suyo, la bula Quo primum (1570) de san Pío V, demostrando cómo la Constitución Missale Romanum de Pablo VI no había abrogado y no podía abrogar la bula tridentina, que garantizaba a la Misa restaurada por el Papa Ghislieri un perpetuo indulto-privilegio.
En enero de 1973 apareció en la revista “Itinéraires” una carta-llamamiento de Madiran dirigida a Pablo VI, del 21 de octubre de 1972, que iniciaba con estas palabras: “Beatísimo Padre, devuélvanos la Escritura, el catecismo y la Mesa, que, cada día más, nos sustrae una burocracia colegial, despótica e impía que, con razón o injustamente, pero sin ser nunca desmentida, pretende imponerse en nombre del Vaticano II y de Pablo VI. Devuélvanos la Misa católica tradicional, latina y gregoriana, según el Misal Romano de san Pío V. Usted permite que se diga que la habría prohibido. Pero ningún pontífice podría, sin abusar del poder, vedar un rito milenario de la Iglesia católica, canonizado por el Concilio de Trento. Si efectivamente se produjera tal abuso de poder, la obediencia a Dios y a la Iglesia sería resistir y no sufrirlo en silencio”. La carta fue sucesivamente co-firmada y comentada por ilustres personalidades como Alexis Curvers, Marcel De presidente de la Conferencia Episcopal, con el cual se establecía el uso obligatorio del nuevo Ordo Missae, en francés, a partir del 1 de enero de 1970. Esto conllevaba que la Misa tradicional, vigente desde hace siglos, estaría prohibida desde el 31 de diciembre de 1969. Empezó entonces una batalla que aún no ha concluido.
Recuerda Madiran que desde los años cincuenta del siglo XX, los obispos y los teólogos franceses se habían distanciado de la Iglesia de Roma, acusándola de ser prisionera de una escuela teológica y jurídica represiva. El Vaticano II brindó la ocasión para lanzar un ataque sistemático a la escuela teológica romana y también para contribuir al vuelco litúrgico de Pablo VI, sensible, desde su juventud, a las sugestiones de los ambientes progresistas franceses. Cuando se inauguró el Concilio Vaticano II, en octubre de 1962, padre Yves Congar, futuro cardenal, lo definió entusiasta “la Revolución de octubre de la Iglesia” (refiriéndose a la Revolución de octubre leninista de 1917): una Revolución que no tuvo su punto culminante en los documentos del Concilio, sino en la Reforma litúrgica que los siguió.
Cuando, en abril de 1969, el nuevo Ordo Missae entró en vigencia, unos eminentes miembros de la jerarquía desarrollaron una persuasiva crítica. Los cardenales Ottaviani y Bacci presentaron a Pablo VI un Breve examen crítico del Novus Ordo Missae redactado por un selecto grupo de teólogos de varios países, en el cual se afirmaba que “el Novus Ordo Missae (…) representa, tanto en su conjunto con en los particulares, un impresionante alejamiento de la teología católica de la Santa Misa, tal y como fue formulada en la sesión XXII del Concilio Tridentino el cual, fijando definitivamente los ‘cánones’ del rito, erigió una barrera infranqueable contra cualquier herejía que intentara menoscabar la integridad del misterio”. La crítica del Novus Ordo fue sucesivamente desarrollada por muchos estudiosos laicos, entre ellos: el francés Louis Salleron, el inglés Michael Davies, el brasileño Arnaldo Xavier da Silveira. En Francia, Jean Madiran fue un convencido difusor del Breve examen crítico y recogió en su “Itinéraires” las voces de todos aquellos que, en conciencia, consideraban no poder aceptar la Nueva Misa. Un eminente canonista, el abad Raymond Dulac, volvió a publicar en abril de 1972, con un esmerado comentario suyo, la bula Quo primum (1570) de san Pío V, demostrando cómo la Constitución Missale Romanum de Pablo VI no había abrogado y no podía abrogar la bula tridentina, que garantizaba a la Misa restaurada por el Papa Ghislieri un perpetuo indulto-privilegio.

En enero de 1973 apareció en la revista “Itinéraires” una carta-llamamiento de Madiran dirigida a Pablo VI, del 21 de octubre de 1972, que iniciaba con estas palabras: “Beatísimo Padre, devuélvanos la Escritura, el catecismo y la Mesa, que, cada día más, nos sustrae una burocracia colegial, despótica e impía que, con razón o injustamente, pero sin ser nunca desmentida, pretende imponerse en nombre del Vaticano II y de Pablo VI. Devuélvanos la Misa católica tradicional, latina y gregoriana, según el Misal Romano de san Pío V. Usted permite que se diga que la habría prohibido. Pero ningún pontífice podría, sin abusar del poder, vedar un rito milenario de la Iglesia católica, canonizado por el Concilio de Trento. Si efectivamente se produjera tal abuso de poder, la obediencia a Dios y a la Iglesia sería resistir y no sufrirlo en silencio”. La carta fue sucesivamente co-firmada y comentada por ilustres personalidades como Alexis Curvers, Marcel De Corte, Henri Rambaud, Louis Salleron, Eric de Saventhem, Jacques Trémolet de Villers, en un volumen, de extrema actualidad, intitulado Réclamation au Saint-Père (Nouvelles Editions Latines, 1974).
Para Madiran el problema de la Misa estaba estrictamente vinculado al del catecismo y de la Sagrada Escritura. De hecho, la prohibición de la Misa había sido precedida por la interdicción general en las diócesis francesas de todos los catecismos pre-conciliares, especialmente del áureo catecismo de san Pío X. Durante 27 años, desde 1956 hasta 1992, año en el que fue promulgado por Juan Pablo II el nuevo Catecismo de la Iglesia católica, la Iglesia francesa quedó sin catecismo y, por lo tanto, sin impartir ninguna educación religiosa a los niños. Estas prohibiciones venían acompañadas, y aún se acompañan, de un vandalismo exegético que tergiversa la Sagrada Escritura. Basta con decir que los comentaristas de la Biblia en versión francesa consideran que todas las palabras de Jesús recogidas en los Evangelios fueron inventadas después de su muerte. Además, desde 1965, la palabra “consustancial”, introducida en el lenguaje dogmático por el Concilio de Nicea (325), ha sido proscrita por los obispos franceses. Desde hace cincuenta años, cuando se recita el Credo, ya no se dice “de la misma sustancia”, sino “de la misma naturaleza”, aduciendo el absurdo pretexto de que el término “sustancia” habría cambiado de significado con el tiempo. Lo cual lleva a vaciar el dogma central del Cristianismo, expresado con el término “transustanciación”.
La protesta de Madiran y de los teólogos de “Itinéraires” acabó con el llamamiento dirigido a Pablo VI, el 6 de julio de 1971, y suscrito por cincuenta y siete exponentes del mundo cultural inglés, entre los que destaca la famosa escritora Agatha Christie (véanse el ensayo de Gianfranco Amato, L’indulto di Agata Christie, Come si è salvata la Messa tridentina in Inghilterra, Fede e Cultura, 2013). Todos ellos pedían a la Santa Sede “que considerara con la máxima gravedad cuál tremenda responsabilidad tendría que asumir ante la historia del espíritu humano si no accediera a dejar vivir en perpetuo a la Misa tradicional”. Entre los firmantes, había un centenar de eminentes personalidades de todo el mundo, entre los cuales, además de los escritores ingleses Agatha Christie, Robert Graves, Graham Green, Malcolm Mudderidge, Bernard Wall, destacaban Romano Amerio, Augusto Del Noce, Marcel Brion, Julien Green, Yehudi Menuhin, Henri de Montherlant, Jorge Luis Borges. El llamamiento de los fieles de todos los países que pedían el restablecimiento de la Misa tradicional, o al menos la “par condicio” para ella, empezaron a multiplicarse sobre todo gracias a la iniciativa de la asociación “Una Voce”. Se hicieron tres peregrinajes internacionales de los católicos hasta Roma para reconfirmar la fidelidad a la Misa y al catecismo de san Pío V.

Este amplio movimiento de resistencia se desarrolló entre 1969 y 1975, bastante antes de la explosión del así llamado “caso Lefebvre”, estallado el 29 de junio de 1976, cuando el arzobispo francés confirió el subdiaconado y el sacerdocio a 26 de sus seminaristas, incurriendo así en la “suspensión a divinis”. El año siguiente, durante una memorable conferencia dada en Roma, en Palacio Pallavicini, Mons. Lefebvre planteó unas preguntas que aún no han recibido respuesta: “¿Cómo puede ser que, continuando a hacer lo que yo mismo he hecho durante 50 años de mi vida, con las congratulaciones, con los alicientes de los Papas, y en particular del Papa Pío XII que me honraba con su amistad, que yo me encuentre hoy a ser considerado un enemigo de la Iglesia? (…) No creo que una cosa parecida sea posible ni concebible. Por lo tanto hay algo que ha cambiado en la Iglesia, algo que ha sido cambiado por los hombres de la Iglesia, en la historia de la Iglesia”. Mons. Lefebvre, presentado erróneamente como el “jefe” de los tradicionalistas, en realidad fue sólo la expresión más visible de un fenómeno que iba mucho más allá de su persona y que ahondaba sus raíces y su causa primera en los problemas levantados por el Concilio Vaticano II y su aplicación.
En los 14 años del pontificado de Pablo VI (1963-1978), el “partido montiniano” ocupó todas las posiciones de poder, desde la cumbre de la Curia romana hasta la presidencia de las conferencias episcopales. El proceso de autodemolición de la Iglesia se hizo dramático y Juan Pablo II heredó una situación ingobernable. Pero, a partir de su pontificado, la hostilidad contra la Misa tradicional empezó a disminuir de manera imperceptible. El Papa formó una comisión secreta compuesta por 8 cardenales, para estudiar la cuestión litúrgica. Éstos concluyeron que no existían razones, ni teológicas ni jurídicas, que permitieran prohibir el Rito tridentino. El 3 de octubre de 1984, la carta Quattuor abhinc annos, que la Congregación del Culto divino dirigió a los presidentes de las conferencias episcopales, decretó un indulto, para permitir la celebración de la Misa tridentina, que hasta ese momento se había considerado vedada. La inmensa mayoría de los obispos rehusó aplicar esta disposición y Juan Pablo II, en la carta Ecclesia Dei del 2 de julio de 1988, posterior a la ruptura entre Roma y la Fraternidad San Pío X, intimó respetar “el ánimo de todos aquellos que se sienten vinculados a la tradición litúrgica latina, mediante una amplia y generosa aplicación de las directrices, emanadas desde hace ya tiempo por la Sede apostólica, para la utilización del Misal Romano según la edición típica de 1962”.

También el resultado de esta disposición fue decepcionante, a causa del terco obstruccionismo de los obispos. El cardenal Ratzinger, que había siempre puesto la liturgia en el centro de sus intereses (véase: La questione liturgica. Atti delle “giornate liturgiche di Fontgombault”, 22-24 de julio de 2001, Nova Millennium, 2010), una vez elegido Papa decidió regular personalmente la cuestión y el 7 de julio de 2007 promulgó el Motu Proprio Summorum Pontificum, con el que restituía libero y pleno derecho de ciudadanía al Rito Romano antiguo. Tras casi cuarenta años, los “resistentes” de los años setenta veían por fin premiados sus esfuerzos. “El domingo pasado –escribía Madiran el 6 de septiembre de 2007– he vuelto, y no era el único, a la iglesia que se encuentra a unos pasos de mi casa, en vez de hacer veinte kilómetros de ida y veinte de vuelta. Ciertamente, lo importante no es que hayamos vuelto nosotros, sino que haya vuelto la Misa. ¡Qué gracia!” (Chroniques sous Benoît XVI, Via Romana, 2010, p. 197).
La Iglesia a la que Benedicto XVI ha devuelto la Misa tradicional es una Iglesia enferma, ocupada en sus más altos cargos por prelados progresistas, que continúan em servirse del Concilio Vaticano II como de una maza para golpear a sus enemigos. Es éste el caso de los Franciscanos de la Inmaculada, injustamente golpeados por su apego a la Misa tradicional con un decreto que representa una violación de las leyes universales de la Iglesia, en particular del Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI, nunca abrogado, que concede a todo sacerdote la libertad de celebrar la Misa según la forma llamada “extraordinaria”.

La Madre María Francisca de las Hermanas Franciscanas de Città di Castello, en su ensayo sobre Los orígenes apostólico-patrísticos de la Misa Tridentina (en Il Motu proprio “Summorum Pontificum” di S.S. Benedetto XVI. Una speranza per tutta la Chiesa, vol. 3, ed. de P. Vincenzo Nuara O.P., Fede e Cultura, 2013, pp. 93-135 y también en http://unafides33.blogspot.com.es/2013/05/le-origini-apostolico-patristiche-della.html), ha documentado de modo exhaustivo cómo el Rito vigente hasta 1969 se remonta, en sus elementos esenciales, al Papa san Gregorio Magno y de éste, sin saltos, a los tiempos apostólicos, para reconectarse con la Última Cena y el sacrificio cruento de Jesucristo, del que cada Misa es representación incruenta. En el libro La Réforme liturgique en question, que en su edición francesa (Editions Sainte-Madeleine, 1992) luce una introducción del card. Ratzinger, mons Klaus Gamber, el gran liturgista alemán hacia el cual Papa Benedicto XVI ha demostrado siempre gran admiración, afirma que ningún Papa tiene el derecho de cambiar un Rito que se remonta a la Tradición Apostólica y que se ha formado en el curso de los siglos, cual es la así llamada Misa de san Pío V. A la plena et suprema potestas del Papa se le ponen claramente unos límites y Gamber llega a escribir, citando a los teólogos Suarez y Cayetano, que “un Papa se convertiría en cismático si no se quisiera mantener, como es su deber, en unión y conexión con el cuerpo entero de la Iglesia, al punto de intentar excomulgar a la Iglesia entera o de cambiar los Ritos confirmados por la Tradición Apostólica” (ivi, p. 37).

El Motu Proprio de Benedicto XVI ha aclarado que el Rito Romano tradicional de la Misa nunca ha sido (ni podía haber sido) abrogado y que la nueva Misa de Pablo VI es facultativa: como tal se la puede criticar y rechazar. Ningún sacerdote está obligado a celebrar la nueva Misa o a no celebrar libremente la Misa tradicional. Cualquier decreto u ordenanza que quisiese imponer la nueva Misa entrañaría un abuso que habría que denunciar y rechazar. Jean Madiran ha demostrado, con su ejemplo intelectual, cuán amplio y legítimo sea el espacio de la resistencia católica a las órdenes injustas. Él no fue una voz aislada. A sus exequias, celebradas según el Rito “extraordinario” por el padre abad de Barroux, Dom Louis Marie, acudieron los exponentes de las principales comunidades tradicionales, desde la Fraternidad San Pedro al Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote, del Instituto del Buen Pastor a la Fraternidad San Pío X. Jean Madiran, que se definió un “testigo de cargo contra su propio tiempo” (Entrevista del abad Guillaume de Tanoüarn, en “Certitudes”, julio-septiembre de 2002), fue antes que nada un católico militante. Hasta los últimos días de su vida, reivindicó con orgullo su ascendencia cultural y espiritual, reconociéndose en aquella escuela católica contra-revolucionaria, llamada “ultramontana”, por su fidelidad al Primado Romano, que en Francia cuenta entre sus principales representantes a Louis Veuillot, dom Guéranger, y el cardenal Pie. De esta escuela de pensamiento, no sólo francesa, él resumió los principios y trazó una amplia genealogía (L’école (informelle) contre-révolutionnaire, “Présent” 18 de febrero de 2011). Quienes critican con pedantería al mundo tradicional italiano, como han hecho, el 6 de agosto, Gianni Gennari en “Il Foglio” y Paolo Rodari en “La Repubblica”, no se dan cuenta de que este mundo tienes raíces intelectuales profundas y manifiesta su vitalidad justo en ocasiones de controversias, como la actual que afecta a los Franciscanos de la Inmaculada y la Misa tradicional. Al fin y al cabo, cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente, pertenece a un partido, a una escuela, a una familia de almas. En la vida se trata de elegir de qué parte estar. Jean Madiran estaría en el bando de todos aquellos que hoy siguen manifestando con firmeza su inquebrantable fidelidad al Rito Romano antiguo. (de  Roberto de Mattei, traducciòn de Tradición Digital)

jueves, 6 de febrero de 2014