miércoles, 29 de abril de 2020

DEVUELVANNOS LA SANTA MISA IV - Respuesta




Estimada Señora Foresti,


Gracias por su respuesta y la información que me brinda sobre las declaraciones de otros dos obispos.

Le transcribo a continuación, una carta de Mons. Victor Manuel Fernandez, arzobispo de La Plata.

Nichán E. Guiridlian Guarino





A la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina ___________________________


Queridos hermanos:

La Plata, domingo 19 de abril de 2020

Teniendo en cuenta la finalidad de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura, que me toca presidir, quisiera hacer llegar una propuesta reflexiva y a la vez concreta, que recoge sugerencias recibidas de varios Obispos.

Como dijo el Santo Padre, en este contexto ya no podemos pensar en salvarnos solos. Nosotros, como Iglesia, intentamos unirnos al sufrimiento de todos y hacer humildemente nuestro aporte: no sólo brindando recursos espirituales sino también acrecentando la labor de Caritas, ofreciendo espacios físicos para diversas necesidades, etc. Pero cuando pensamos en sostener la vida interior de los fieles y en alentar su crecimiento, nos encontramos con la dificultad grave de verlos privados de la Eucaristía durante mucho tiempo, previendo además que esta situación pueda prolongarse por varios meses.

Sin dar lugar a fanatismos, hay que reconocer que esto nos plantea un dilema. Porque el Concilio Vaticano II enseña que “no se edifica ninguna comunidad cristiana si esta no tiene su raíz y centro en la celebración de la Sagrada Eucaristía” (PO 6). San Juan Pablo II remarcaba que la Misa “antes que un precepto debe sentirse como una exigencia inscrita profundamente en la existencia cristiana” (DD 81). Es comprensible entonces que muchos fieles nos reclamen que busquemos alguna manera de volverla accesible. Nosotros les decimos que pueden experimentar otras formas de oración, y lo hacen, pero ya decía San Juan Crisóstomo: “También puedes orar en tu casa; sin embargo no puedes orar igual que en la Iglesia, donde se reúnen los hermanos” (Contra Anomeos 3, 6).

Además están las Misas transmitidas on line y ellos saben bien que la comunión espiritual tiene valor, que Dios también derrama su gracia de esa manera, pero lo hace en tanto es deseo de Cristo presente en la Eucaristía. Gracias a Dios nuestros fieles han asumido el principio de la Encarnación que nosotros mismos hemos procurado transmitirles, y por eso no puede bastarles. Precisamente, el Papa Francisco enseña que Dios “en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia” (LS 236). Es bueno

que nuestros fieles lo hayan aprendido, y por eso no les da lo mismo. Entonces ansían, reclaman, buscan el alimento del amor que es fuente de vida sobrenatural. No será fácil fundamentar que esta situación se prolongue demasiado tiempo, ni podremos esperar sencillamente que pase por completo la pandemia.

Por consiguiente, creo indispensable que demos un claro mensaje a nuestro Pueblo de Dios mostrando que de verdad nos preocupa, y que intentamos dar algún paso que permita resolver esta situación lo más pronto posible, pero sin dejar de acompañar la preocupación sanitaria de las autoridades. Sabemos que exponerse al contagio es una irresponsabilidad sobre todo porque implica exponer a otros al contagio e indirectamente puede favorecer una situación de crisis sanitaria que no queremos ver en nuestro país.

Pero hay una forma de celebrar la Misa que reduce al mínimo los riesgos, y que la vuelve menos peligrosa que las colas que vemos en los bancos y en otros lugares, situaciones contempladas en la normativa actual. Por ello podemos proponer a las autoridades una serie de recaudos obligatorios que faciliten una próxima apertura a la celebración eucarística con fieles.

Se trata fundamentalmente de proponer que, como ya se hizo en Buenos Aires, se celebre la Misa con un número limitado de personas y cuidando las necesarias distancias, de manera que ya no pueda ser caracterizada como un acto masivo. Pero para que se advierta mejor la factibilidad de la propuesta, podríamos comprometernos a asegurar lo siguiente:


1) que haya una distancia de dos metros entre las personas, tanto hacia los costados como hacia atrás y hacia adelante. Esto requerirá retirar o anular la mitad de los bancos de los templos.
2) que no haya más de dos personas por banco
3) que una vez cubiertos los bancos de esta manera, no se acepte el ingreso de más personas.
4) que en los templos donde suele haber mayor afluencia de gente se multiplique la cantidad de misas, de manera que los fieles se distribuyan entre el sábado y el domingo en diversos horarios. Dada la capilaridad y cercanía de los templos esto no incidirá en el transporte.
5) que no se celebre la Misa con fieles en los santuarios más visitados debido a la dificultad para establecer allí un control de este tipo. En estos casos, sólo podrá invitarse, a puertas cerradas, a los agentes pastorales que cumplen servicios en la comunidad.
6) que en la Misa no haya cola para comulgar sino que los ministros se acerquen a las personas ubicadas en los extremos de los bancos y depositen la Eucaristía en la palma de las manos.
7) que cada ministro que acerque la comunión se lave las manos previa y posteriormente con jabón y se coloque alcohol en gel.
8) que se omita el saludo de la paz y todo contacto físico
9) que las Misas no duren más de 40 minutos.
10) que la salida del templo sea progresiva y se eviten los saludos.
11) que no se tomen intenciones para la Misa en el momento y que sólo se reciban previamente por teléfono, mail o mensajes.
12) que quienes por su edad estén impedidos de asistir puedan recibir la comunión en sus hogares.
13) que se mantenga transitoriamente la dispensa del precepto dominical, de manera que las personas que prefieran extremar los cuidados no se sientan obligadas a asistir.

De hecho, antes que se declarara la cuarentena la cantidad de asistentes a Misa ya había disminuido mucho de modo espontáneo.

La propuesta consiste básicamente en anticiparnos para mostrar a las autoridades que contamos con un posible plan para que la asistencia a Misa no tenga más riesgos que las demás actividades ya exceptuadas por la normativa vigente, y para que así consideren también esta posibilidad dentro de una cuarentena“administrada”. Si hay que prever los impactos económicos, también es conveniente valorar aquellas cosas que proveen consuelo y fortaleza a las personas en los momentos duros.

Con todo afecto en Cristo, aún bajo la luz de la Pascua.



Víctor Manuel Fernández Arzobispo de La Plata

DEVUELVANNOS LA SANTA MISA III - contestación del Obispado



Estimado Sr. Nichán: Respondiendo a su mail le transcribo el artículo que ACIPrensa subió a las redes el día 27 de abril, en el que recoge no sólo la palabra de Monseñor Eduardo García, Obispo de San Justo, sin también la palabra de otros dos Obispos de nuestro país que están en concordancia con el pensamiento y el actuar de la Conferencia Episcopal Argentina.

Lo saluda cordialmente Norma Foresti - Secretaria Obispado de San Justo y Secretaria Canciller.




"Tres obispos recordaron los motivos que llevaron a la Iglesia en Argentina a suspender temporalmente las Misas públicas por la pandemia del coronavirus, lamentando que estos no sean comprendidos por algunos fieles que en redes sociales exigen que se reabran las iglesias bajo la consigna “Devuélvannos la Misa”.

Luego que el Gobierno decretó cuarentena obligatoria para evitar contagios de coronavirus, el 19 de marzo la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) alentó el distanciamiento social, incentivando el uso de herramientas digitales para generar una cercanía espiritual.

La semana pasada la CEA informó que mantiene conversaciones con las autoridades para lograr una apertura gradual de las iglesias y celebrar Misas en ellas, tomando las medidas de seguridad sanitarias. Sin embargo, el Gobierno ha respondido que aún evalúa la situación.

En este contexto algunos fieles han lanzado en varios países una campaña para que vuelvan a celebrar las Eucaristías públicas con la frase “Devuélvannos la Misa”.

En un video mensaje, el Obispo de San Francisco (Argentina) Mons. Sergio Buenanueva, consideró que es un pedido “muy sincero” y que “tiene aspectos legítimos”, pero ya el imperativo “¡Devuélvannos la Misa!” es una expresión “poco feliz” porque “estaría dando pie a que esta decisión, no sólo sería incorrecta, sino que obedecería a una voluntad no del todo recta, de quitarle al pueblo de Dios algo indebidamente”.

En ese sentido, aseguró que “la decisión de suspender el culto público” “ha sido dificilísima” y “absolutamente dolorosa para todos para los Obispos, para los sacerdotes”.

“No estamos cómodamente apoltronados detrás de una cámara”, expresó en referencia a las transmisiones online de las Eucaristías. “Es una hermosísima posibilidad que nos está abriendo límites insospechados pero tiene un límite muy grande”, “necesitamos reunirnos para celebrar la Eucaristía”, reconoció.

Mons. Buenanueva explicó que la decisión se tomó porque la “legítimaautoridad lo ha mandado” y “somos ciudadanos responsables” y representantes de una comunidad diocesana.

Además, expresó, la decisión tiene “un fundamento que abreva en el Evangelio y en un valor fundamental del Evangelio”.

“No hemos tomado esta decisión ni por cobardía, ni por miedo y menos aun por falta de fe. Ha sido una decisión pastoral, fruto de un acto de gobierno que supone un discernimiento espiritual muy serio”, sostuvo.

“¿Ustedes han sopesado, realmente, la razón de fondo que hemos tenido los pastores para tomar esta dolorosa decisión?”, interpeló a quienes grabaron el mensaje.Esa razón es cuidar la vida de personas, más vulnerables, en riesgo real de contagio de un virus que puede llegar a ser muy grave, hasta el punto de suponer la muerte de quien se contagia. Cuidar la vida, salvar la vida, toda vida vale. Es una razón de fondo, no es una cuestión peregrina. Hay que sopesar esto. Me parece que se pasa rápidamente por encima de ella”, reflexionó.

Mons. Buenanueva aseguró que todos sienten “la ausencia de las celebraciones comunitarias. Apreciamos las celebraciones por streaming aunque sabemos que nunca van a sustituir la liturgia compartida, pero la expresión de caridad evangélica permite que la Palabra siga adelante”.

“Yo lo resumo en una frase: ‘El Espíritu no está en cuarentena y sigue animando a nuestras comunidades. Creo que tienen que ampliar la mirada y ver mejor la gracia que está pasando en nuestras comunidades cristiana”.

Porque “la Eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana. Hay que ver cuánta vida cristiana en este momento está hermosamente desplegándose como respuesta de fe a este desafío que es la cuarentena por el COVID-19”.

“¿Cuál es la voluntad de Dios para nosotros en este momento, qué nos está pidiendo Dios ahora?”, cuestionó el Prelado.

Mons. Buenanueva insistió que “por ahora el culto va a seguir suspendido” y recordó que siguen dialogando con el Gobierno y en el momento que tengan previsto los expertos “bajo condiciones objetivas” se podrá “retomar la vida litúrgica de nuestras comunidades”, concluyó.En esa misma línea, el Obispo Auxiliar de San Juan, Mons. Carlos Domínguez, expresó que “los templos no lo hemos cerrado los obispos. Son las autoridades civiles las que tienen que gestionar este tiempo de cuarentena” para evitar contagios y la propagación del virus. “Los obispos argentinos no le hemos robado la Misa a nadie. La Misa no nos la ha robado nadie” y recordó las gestiones que realiza la Conferencia Episcopal de Argentina ante las autoridades, para que se vuelva paulatinamente la participación de los fieles a la Eucaristía.

Si bien, “no nos podemos acostumbrar a una Iglesia virtual, no podemos acostumbrarnos a esto que es extraordinario”, dijo Mons. Domínguez, “mientras tanto, como dice la palabra de Dios tenemos que obedecer”.

A su turno, el Obispo de San Justo, Mons. Eduardo García, manifestó que “lo que define a un cristiano no es el ser virtuoso u observante, sino el vivir confiando en un Dios cercano por el que se siente amado sin condiciones y que prometió su presencia siempre”.

“Con esta certeza, hoy más que nunca, la Iglesia y los cristianos tenemos que dar el testimonio de entrega generosa por amor al que más sufre, creando ambientes de calma, servicio y esperanza”, agregó.

“Creo firmemente en el Señor presente en la Eucaristía, centro y culmen de la vida cristiana, pero desde una comunidad que celebra y toma la fuerza para vivir jugándose por la vida de los demás, no como un self service de la gracia o un Redoxon de la vida espiritual”, aseguró Mons. García.

“De muy poco servirá la reapertura gradual de los templos si no hay una reapertura radical de la Iglesia de cara a la realidad, sin ombliguismos seudo religiosos de autocomplacencia”, aseguró.

DEVUELVANNOS LA SANTA MISA II - carta a Mons. García, obispo de San Justo

Cuando quien suscribe leyó lo publicado en el  AICA ( transcripto post DEVUEVANNOS LA SANTA MISA I), no pudo cuanto menos encontrar un modo de comunicar mi sentir, que podría decirse, pretendía ser un correccional filial.

A continuación, el texto:

Estimado Mons. García,
He leído su reflexión sobre las solicitudes de los laicos para la reanudación de la celebración pública de la Santa Misa.
Sus argumentos por demás falaces. Por si esto fuera poco, se acusa a todos los que han insistido sobre este tema, de ser personas que se preocupan por el culto, desentendiéndose del hermano que sufre.
No resulta ni más ni menos que una calumnia, formulada desde el desconocimiento absoluto de la realidad, de cada persona en particular. En pocas palabras: es un juicio temerario. En concreto una falta de caridad.
Esta oposición sin sentido, entre Caridad y Eucaristía, solo está en su pensamiento, y no en el de la mayoría de los católicos. No es una cosa o la otra. No es la Caridad O la Eucaristía. Es LA CARIDAD Y LA EUCARISTIA. Cómo dice el antigüo canto "Dónde hay Amor y Caridad, Dios ahí está". Hoy nos han quitado al Amor de los Amores.
Algunos dirán que no se puede Celebrar la Misa con asistencia de los fieles. Puedo comprender que la administración de la Comunión a los fieles o el rito de paz, o la colecta, pueda generar dudas. Lo cierto es que esas tres cosas, podrían omitirse en las Misas con el pueblo.
Hasta incluso podría admitirse que no celebrarse la Santa Misa, pero al menos dejar los templos abiertos, para que por turnos pudieran los fieles ir a rezar. Si hay turnos para ingresar a los supermercados y farmacias, puede haberlos para las iglesias.
Ruego a Dios, que le haga ver el error que como pastor está cometiendo y lo injustas que sus palabras han sido.
Cordiales saludos,
Nichán E. Guiridlian Guarino

DEVUELVANNOS LA SANTA MISA I - tomado de AICA




reflexión del Obispo de San Justo, asesor global de Acción Católica

Me hizo ruido, mucho ruido que en estos días circulara un video dirigido a nosotros, los obispos, con la frase “devuélvannos la Misa”.

En orden al coronavirus, pareciera que la suspensión de actividades, dentro de las que se encuentra el culto, no por el culto en sí mismo sino por la congregación de gente y la posibilidad de contagio, fuera una cuestión arbitraria. Cuando no lo es. Si viviéramos realmente como pueblo deberíamos escuchar también “devuélvannos la educación, devuélvannos Cáritas, devuélvannos el trabajo, devuélvannos la salud”, devuélvannos tantas cosas que resignamos en esta cuarentena atendiendo al bien mayor que es la salud de toda la población.

De repente y desde afuera, nos quisieron meter dentro de una coyuntura de conflicto como si fuéramos una Iglesia perseguida, situación que ha ocurrido y sigue ocurriendo bajo otros sistemas políticos en varias partes de mundo. Pero no en nuestro país.

A este mapeo le faltan unos actores que claman también a los obispos: aquellos que proponen con espíritu de cruzada —que es lo que menos necesitamos en este momento— “juéguense por la fe, nosotros los acompañamos”.

Lo que define a un cristiano no es el ser virtuoso u observante, sino el vivir confiando en un Dios cercano por el que se siente amado sin condiciones y que prometió su presencia siempre.

Con esta certeza, hoy más que nunca, la Iglesia y los cristianos tenemos que dar el testimonio de entrega generosa por amor al que más sufre, creando ambientes de calma, servicio y esperanza.

En este tiempo más que nunca se aplican las palabras del papa Francisco: “la iglesia como hospital de campaña”. Quizás porque lo estoy mirando desde la realidad social de mi diócesis ubicada en el partido de La Matanza donde, si bien los casos de coronavirus aún son pocos, tenemos que asumir y llevar adelante como se pueda los coletazos de la cuarentena en nuestras barriadas más vulnerables.

Primero, el hambre, Si no hay trabajo no hay con qué comprar alimentos. Si no hay escuela no hay comedores escolares funcionando porque no se puede cocinar en la escuela del Estado, solo se les da a los chicos una bolsita con alimentos. Desde los comedores, con la ayuda del Ejército se están repartiendo más de 9.000 viandas; incluso así no alcanzan los insumos para cocinar todos los días.

La respuesta de muchos que se acercan a buscar comida en este marco de aislamiento que no se puede cumplir a rajatabla es: “no sé si me va a agarrar el coronavirus, pero si no como seguro que me muero por hambre”. Y ahí aparece el otro gran tema de nuestros barrios: no hay dónde cumplir con el aislamiento necesario para evitar los contagios. No siempre las casas son el mejor lugar por el hacinamiento, la falta de higiene… Hemos abierto hogares improvisados para los “sin techo” de modo que mínimamente puedan aislarse: vienen creciendo de 1 en 100. Me animo a proyectar que dejarán de ser momentáneos porque, una vez pasada la pandemia, no los vamos a devolver a la calle.

Como pastor y hombre que ama la Eucaristía (misa), de hecho, la celebro todos los días a través de las redes sociales para acompañar el camino de la fe de la gente pero claramente son otras las prioridades para poder vivir la fe en serio, en lo esencial. Pasada la pandemia los templos volverán a abrirse, la eucaristía volverá a ser celebrada, pero de la indignidad, de la falta de futuro, de las secuelas de un virus muchas veces no se vuelve; y de la cerrazón de corazón, menos.

Subrayo un pensamiento del gran converso John Henry Newman que anunció esta situación y decía que una fe heredada y no repensada acabaría entre las personas cultas en «indiferencia», y entre las personas sencillas en «superstición». Por eso es bueno recordar algunos aspectos esenciales de la fe. Adorar el cuerpo de Cristo y no comprometerse eficazmente con la vida del hermano no es cristiano. Quizás antes de asegurar los barbijos y el alcohol en gel para nuestras celebraciones en templos abiertos, ¿no tendríamos que asegurarlos para los comedores, las colas de los jubilados, los chicos o abuelos en situación de calle, el personal de salud y luego hacer nuestra acción de gracias?

Con asombro leí, y lo respeto, la angustia que en muchos provocaba no poder comulgar, acaso experimentan la misma angustia al no poder salir a ayudar en una salita de primeros auxilios o a un anciano que está aislado. También escuché que sienten que la fe se les debilita al no poder comulgar y me pregunto: los mártires encarcelados del siglo pasado y de este siglo que no podían acceder a la misa en sus cautiverios y dieron su vida, ¿cómo lo hicieron? Porque su fe fue robusta para aceptar flagelaciones, hambre, humillación y muerte. Dios nunca nos deja solos.

Creo firmemente en el Señor presente en la Eucaristía, centro y culmen de la vida cristiana, pero desde una comunidad que celebra y toma la fuerza para vivir jugándose por la vida de los demás, no como un self service de la gracia o un Redoxon de la vida espiritual.

De muy poco servirá la reapertura gradual de los templos si no hay una reapertura radical de la Iglesia de cara a la realidad, sin ombliguismos seudo religiosos de autocomplacencia.

Insisto: esta experiencia de vivir en cuarentena no nos puede dejar iguales para continuar con más de lo mismo como si nada hubiera pasado. Hasta desde el punto del sostenimiento; muchas de nuestras parroquias sin las celebraciones están al borde del colapso económico. Esto implica sí o sí repensar el modo de participación de toda la comunidad cristiana.

Vida religiosa on line. Las muchas maneras de encuentros religiosos en las redes sociales y los medios de comunicación como la televisión y la radio han obrado como antiparalizantes ante la pandemia y la fiesta grande que representa en los fieles la Semana Santa. Claro que faltó la comunidad, el estar juntos. Por eso es fundamental señalar que el trabajo en las redes es importante si no nos lleva a aislarnos y a cambiar virtualidad por humanidad.

La vida religiosa digital como recurso nos exige asumirla como una realidad con sus dinamismos y lenguajes propios. No se trata de hacer lo mismo pero frente a un teléfono celular o una tablet. Es un espacio más para repensar y reaprender.

Un sacerdote me contaba hace unos días que sus misas habituales de día de semana eran agónicas, con 3 o 4 participantes y ahora tiene más de 60 personas siguiendo la celebración en vivo por una red social. ¿Fruto del encierro? No creo. Analicemos los hechos y capitalicemos la experiencia: eso sí, todavía no sé cómo.

Lo que sí sé es que estamos ante el desafío de leer con inteligencia los acontecimientos para saber cómo pararnos de un modo real ante ellos, sin recetarios, como lo hizo Jesús.

Eduardo Horacio García obispo católico de la diócesis de San Justo, Argentina, y asesor global de la Acción Católica.

viernes, 28 de abril de 2017

La única Religión verdadera





¨Cuando salía victoriosa de la guerra exterior del paganismo y vencía la prueba de feroces persecuciones, la Iglesia de Jesucristo, salteada por enemigos interiores, entraba en la guerra intestina, mucho más terrible. Guerra prolija y dolorosa, que empeñada y atizada por malos cristianos, hijos suyos degenerados, no ha llegado aún a su termino, pero de la cual saldrá la Iglesia triunfadora, conforme a la palabra infalible de su divino Fundador a su primer Vicario en la tierra, el apóstol San Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. (Mateo XVI, 18.)¨ ( CMSPX, III Part.)


"Desde entonces acá, no ha cesado el espíritu de las tinieblas en sus ponzoñosos ataques contra la Iglesia y las divinas verdades de que es depositaria indefectible; y suscitando constantemente nuevas herejías, ha ido atentando uno tras otro contra todos los dogmas de la cristiana religión." ( CMSPX, III Part.)


Con estos párrafos, el Papa San Pío X, en su Catecismo Mayor, explicaba con sencillés y claridad, la realidad de las desviaciones doctrinales, que a lo largo de los siglos han aquejado a la Madre Iglesia.


En estos tiempos, hablar de las herejías, suena arcaico. De hecho este tema, ha quedado en la práctica, relegado al ámbito de estudio de la Historia. Niños y jóvenes, rara vez escucharan algo sobre ellas, al tomar las clases de catecismo. Del mismo modo, los fieles en general, habrán de notar la ausencia de este tema en los sermones.


¿Serán realmente las herejías, y las desviaciones doctrinales, cosa del pasado? ¿Será que ya los cristianos no corren el riesgo de ser seducidos por falsos pastores y pensamientos errados?


Haciendo un breve resumen, el Catecismo Mayor, enunciaba las herejías más importantes, que atacaron la Verdad desde los inicios del cristianismo.


" Entre otras, han sido tristemente famosas las herejías de Sabelio, que impugnó el dogma de la Santísima Trinidad; de Manes, que negó la Unidad de Dios y admitió en el hombre dos almas; de Arrio, que no quiso reconocer la divinidad de nuestro Señor Jesucristo; de Nestorio, que rehusó a la Santísima Virgen la excelsa dignidad de Madre de Dios y distinguió en Jesucristo dos personas; de Eutiques, que en Jesucristo no admitió más que una naturaleza; de Macedonio, que combatió la divinidad del Espíritu Santo; de Pelagio que atacó el dogma del pecado original y de la necesidad de la gracia; de los Iconoclastas, que rechazaron el culto de las Sagradas Imágenes y de las Reliquias de los Santos; de Berengario, que se opuso a la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento; de Juan Hus, que negó el primado de San Pedro y del Romano Pontífice, y finalmente la gran herejía del Protestantismo (siglo XVI), forjada y propagada principalmente por Lutero y Calvino. Estos novadores, con rechazar la Tradición divina, reduciendo toda la revelación a la Sagrada Escritura, y con sustraer la misma Sagrada Escritura al legítimo magisterio de la Iglesia para entregarla insensatamente á la libre interpretación del espíritu privado, demolieron todos los fundamentos de la fe, expusieron los Libros Santos a las profanaciones de la presunción y de la ignorancia y abrieron la puerta a todos los errores." (CMSPX, III Part.)

La Reforma, se extendió con rapidéz en los siglos XVI y XVII, entre los pueblos germanos, sajones y eslavos. No sucedió así entre los latinos, que conservaron casi totalmente su fidelidad al catolicismo.

Hasta hace no muchos años, resultaba poco común encontrar en Hispanoamérica cristianos de la Reforma. Los pocos que aquí habitaban, tenían en su mayoría, ascendencia sajona o eslava, y representaban una pequeña parte de la población. Lazos familiares y tradiciones nacionales, eran el fundamento de su pertenencia al Protestantismo.

La situación actual es muy diferente, ya que los fieles de los cultos protestantes son en su mayoría de ascendencia latina, conversos del catolicismo. Del mismo modo, hay que agregar, que estos cultos no son ya el Anglicanismo o el Luteranismo, por ejemplo, sino una infinita variedad de denominaciones que se fueron separando de la Reforma primitiva.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña en su apartado 818: ¨Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales rupturas "y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de la separación y la Iglesia católica los abraza con respeto y amor fraternos... justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor" (Unitatis Redintegratio, 3).¨

Es de notar, que el Catecismo hace referencia a ¨los que nacen hoy en comunidades surgidas de tales rupturas¨. Se ve con claridad que se está hablando de aquellas personas que por herencia, y tradición familiar, han adherido por generaciones a la Reforma. Nótese, que el texto no se refiere a los católicos que se unen al Protestantismo, abandonando la Iglesia. Estos han incurrido en el pecado de apostasía, al abjurar de la Religión Verdadera, y por tanto no pueden ser justificados como quienes no han nacido en el seno de la Iglesia Católica.

Sin embargo, con respecto a unos y otros, el decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II explicita: "Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios."

Por tanto, nada ha cambiado desde que se pronunció aquella sentencia, repetida en el Catecismo : ¨Fuera de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, nadie puede salvarse, como nadie pudo salvarse del diluvio fuera del arca de Noé, que era figura de esta Iglesia¨. ( CMSPX)

Esta verdad de fe tan básica, ha sido silenciada, por acción u omisión. He aquí el motivo del alejamiento de tantos fieles. El secularismo y el modernismo, frutos de la Reforma, fueron extendiéndose poco a poco, dentro del catolicismo, provocando no solo la apostasía formal de muchos católicos, sino otra mucho peor, definida por Juan Pablo II como una ¨apostasía silenciosa".

Esta última, altera la identidad católica, incorporando al catolicismo pensamientos, principios, y costumbres propios de la Reforma. De allí provienen por ejemplo, la desobediencia al Romano Pontífice, el abandono de la confesión sacramental, el menosprecio de la liturgia o el secularismo de clérigos y religiosos.

"Con todo, el espíritu protestante, que es espíritu de desaforada libertad y de oposición a toda autoridad, no dejó de difundirse, y se alzaron muchos hombres que, hinchados con una ciencia vana y orgullosa o enseñoreados de la ambición y del interés, no dudaron en forjar o dar aliento a teorías trastornadoras de la fe, de la moral y de toda autoridad divina y humana. " ( CMSPX )

¿No es acaso este ¨espíritu protestante¨ al que se refería San Pío X, lo mismo que el ¨relativismo¨ del que habla Benedicto XVI? Simplemente parecen haber cambiado las palabras para titular un mismo mal que se levanta en contra de la Verdad.

El entonces Cardenal Ratzinger, afirmaba en 1996: "El relativismo se ha convertido en el problema central de la fe en la hora actual. " (Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara, Mexico). En 2006, siendo ya Sumo Pontífice, se expresaba así, en la Misa celebrada en Varsovia: " Como en los siglos pasados, también hoy hay personas o instituciones que haciendo caso omiso de la tradición de la Iglesia pretenden falsificar la palabra de Cristo y erradicar del Evangelio la verdad, que consideran demasiado incómoda para el hombre moderno. Se intenta dar la impresión de que todo es relativo y que la verdad de la fe depende de la situación histórica y de la valoración humana. Pero la Iglesia no puede hacer callar el Espíritu de la verdad.”

Así es como los falsos pastores confunden a tantas almas, con ideas propias, ocultando la tradición y la doctrina de la Iglesia. Esto resulta aún más terrible, siendo que muchas veces, la inducción a doctrinas extrañas a la Fe, se produce gracias a la omisión voluntaria y deliberada de aquellos que deberían ser maestros de Verdad.

Merced a la ausencia de una auténtica y consistente catequesis y al empobrecimiento de los medios de formación, no será difícil encontrar hoy entre los fieles católicos, muchos que desconozcan realidades como el Purgatorio, o incluso nieguen la Presencia Real de Jesucristo en el Santísimo Sacrament. Cuestiones, que no hace tanto tiempo, eran verdades de perogrullo para cualquier católico con una formación básica, parecen ahora arcaicas y peregrinas.

Los Papas de todos los tiempos no han dejado de advertir sobre el peligro de las desviaciones doctrinales. Con su autoridad, que les viene de Jesucristo, trataron de preservar la pureza de la Fe, desenmascarando la herejías que solapadamente pretendíeron enquistarse en el seno de la Iglesia.

Es así como el cristiano que no deje de oir la voz del Papa y de resguardarse en el Magisterio y la Tradición, no caerá jamás en el error. Todo lo que contraríe estos baluartes, debe ser desechado sin más. ¡Cuantos cristianos no se habrían condenado si hubiesen aplicado este simple criterio!

El Catecismo de San Pio X, expresa: "El Protestantismo o religión reformada, como orgullosamente la llaman sus fundadores, es el compendio de todas las herejías que hubo antes de él, que ha habido después y que pueden aún nacer para ruina de las almas. "

Roguemos a María Santísima, Triunfadora de todas las herejías, que proteja la Iglesia.

Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

lunes, 17 de abril de 2017

Comunión reparadora de los primeros sábados



El 13 de junio de 1917, los tres pastorcitos de Fátima vieron a Nuestra Señora, quien sostenía su Corazón traspasado y tachonado de espinas con su mano derecha; y María Santísima le dijo a Lucía: "Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado".
El 13 de julio, la Reina del Cielo les dijo: "...Si se hace lo que voy a decirles, muchas almas se salvarán...Vendré a pedir la comunión reparadora de los primeros sábados".
En línea recta con las apariciones de Fátima, la promesa de Nuestra Señora se cumplió el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra, donde Lucía era por ese entonces una joven postulante a la vida religiosa. Por humildad, escribió su testimonio en 1927, en tercera persona: "El 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen se le apareció, y al lado de Ella, llevado por una nube luminosa, el Niño Jesús. La Santísima Virgen puso la mano sobre su espalda y le mostró, al mismo tiempo, un Corazón rodeado de espinas que tenía en la otra mano. En el mismo momento, el Niño le dijo: "Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre, rodeado de espinas que los hombres ingratos le clavan en todo momento, sin que haya nadie que quiera hacer un acto de reparación con el fin de retirarlas".
Luego, la Santísima Virgen le dijo: "Mira, hija mía, mi Corazón traspasado de espinas que los hombres ingratos me clavan a cada instante con sus blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos procura consolarme y di que a todos aquellos que, durante cinco meses, el primer sábado se confiesen, reciban la santa comunión, recen el rosario y me hagan compañía durante quince minutos meditando los quince misterios del rosario con espíritu de reparación, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas".
Remarquemos bien que no es Lucía quien inventó esta devoción, sino que fue Nuestra Señora misma quien nos la dio. ¿Quién mejor que Ella misma podría enseñarnos a consolarla? Entonces, esta es una devoción para tomar muy en serio.
La mayoría del tiempo la ignorancia es la que, desgraciadamente, aleja las almas de esta práctica tan profundamente católica, que nos viene directamente desde el cielo para hacernos volver hacia él. Y entre aquellos que la conocen, ¿cuántos saben cuán fácilmente es realizable?
La Confesión: Puede hacerse por anticipado (por ejemplo, el domingo precedente) o aún por más de 8 días antes, en caso de dificultad para confesarse el primer sábado. Y los que hubieran olvidado esta intención, "podrán formularla en la confesión siguiente, aprovechando la primera ocasión que tengan para confesarse" ( de la aparición de Nuestro Señor a Lucía del 15 de febrero de 1926).
La Comunión: Por supuesto que debe ser efectuada en estado de gracia, y "será aceptada el domingo que sigue al primer sábado cuando mis sacerdotes, por los más justos motivos, se lo permitan a las almas" (de la aparición de Nuestro Señor a Lucía, en la noche del 29 al 30 de mayo de 1930). También esta comunión debe hacerse con espíritu de reparación por las ofensas que sufre el Corazón Inmaculado de María.
El rezo del Rosario: Por justos motivos, puede ser igualmente recitado el domingo, siempre con espíritu de reparación...¿pero acaso no lo rezamos todos los días?
Los quince minutos de meditación sobre los quince misterios del Rosario: No hay que confundirlos con el Rosario. Sor Lucía escribe: " es hacer compañía a Nuestra Señora durante quince minutos, meditando los misterios del Rosario". Se pueden elegir algunos de entre los misterios (no se trata de quince minutos por cada misterio). Por justos motivos, esto puede hacerse el domingo, con espíritu de reparación.
Puede notarse lo importante y necesaria que es la intención reparadora...Sor Lucía le preguntó a Nuestro Señor: "¿Por qué cinco sábados?" (29 al 30 de mayo de 1930). Su respuesta gira en torno a la naturaleza de estas espinas que los hombres ingratos clavan en el Corazón de su Madre, y nos ayuda a tener compasión de sus dolores.
Hay cinco especies de ofensas y de blasfemias que se profieren en contra del Corazón Inmaculado de María:
1- Las blasfemias contra la Inmaculada Concepción,
2- Las blasfemias contra su virginidad,
3- Las blasfemias contra su Maternidad Divina, y a la vez el rechazo en reconocerla como Madre de los hombres,
4- Las blasfemias de aquellos que públicamente tratan de instalar en el corazón de los niños la indiferencia, el desprecio, o hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada,
5- Las ofensas de aquellos que la ultrajan directamente en sus santas imágenes...
¡Hágase apóstol de la actualísima "devoción de los cinco sábados"!
Tomado de "Cruzada del Rosario"

viernes, 31 de marzo de 2017

¿Por qué un católico no puede ser masón ?




texto tomado de "Aciprensa"


A lo largo de su historia la Iglesia católica ha condenado y desaconsejado a sus fieles la pertenencia a asociaciones que se declaraban ateas y contra la religión, o que podían poner en peligro la fe. Entre estas asociaciones se encuentra la masonería.

Actualmente, la legislación se rige por el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, que, en su canon 1374, señala:

"Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación ha de ser castigado con entredicho".

Esta nueva redacción, sin embargo, supuso dos novedades respecto al Código de 1917: la pena no es automática y no se menciona expresamente a la masonería como asociación que conspire contra la Iglesia.

Previendo posibles confusiones, un día antes de que entrara en vigor la nueva ley eclesiástica del año 1983, fue publicada una declaración firmada por elCardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En ella se señala que el criterio de la Iglesia no ha variado en absoluto con respecto a las anteriores declaraciones, y la nominación expresa de la masonería se había omitido por incluirla junto a otras asociaciones. Se indica, además, que los principios de la masonería siguen siendo incompatibles con la doctrina de la Iglesia, y que los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas no pueden acceder a la Sagrada Comunión.

En este sentido, la Iglesia ha condenado siempre la masonería. En el siglo XVIII los Papas lo hicieron con mucha más fuerza, y en el XIX persistieron en ello. En el Código de Derecho Canónico de 1917 se excomulgaba a los católicos que dieran su nombre a la masonería, y en el de 1983 el canon de la excomunión desaparece, junto con la mención explícita de la masonería, lo que ha podido crear en algunos la falsa opinión de que la Iglesia poco menos que aprueba a la masonería.

Es difícil hallar un tema -explica Federico R. Aznar Gil, en su ensayo La pertenencia de los católicos a las agrupaciones masónicas según la legislación canónica actual (1995)- sobre el que las autoridades de la Iglesia católica se hayan pronunciado tan reiteradamente como en el de la masonería: desde 1738 a 1980 se conservan no menos de 371 documentos sobre la masonería, a los que hay que añadir las abundantes intervenciones de los dicasterios de la Curia Romana y, a partir sobre todo del Concilio Vaticano II, las no menos numerosas declaraciones de las Conferencias Episcopales y de los obispos de todo el mundo. Todo ello está indicando que nos encontramos ante una cuestión vivamente debatida, fuertemente sentida y cuya discusión no se puede considerar cerrada.

Casi desde su aparición, la masonería generó preocupaciones en la Iglesia. Clemente XII, en "In eminenti", había condenado a la masonería. Más tarde, León XIII, en su encíclica "Humanum genus", de 20 de abril de 1884, la calificaba de organización secreta, enemigo astuto y calculador, negadora de los principios fundamentales de la doctrina de la Iglesia.
En el canon 2335 del Código de Derecho Canónico de 1917 establecía que "los que dan su nombre a la secta masónica, o a otras asociaciones del mismo género, que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto en excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica".

El delito -según Federico R. Aznar Gil- consistía en primer lugar en dar el nombre o inscribirse en determinadas asociaciones (...) En segundo lugar, la inscripción se debía realizar en alguna asociación que maquinase contra la Iglesia: se entendía que maquinaba "aquella sociedad que, por su propio fin, ejerce una actividad rebelde y subversiva o las favorece, ya por la propia acción de los miembros, ya por la propagación de la doctrina subversiva; que, de forma oral o por escrito, actúa para destruir la Iglesia, esto es, su doctrina, autoridades en cuanto tales, derechos, o la legítima potestad civil" (...) En tercer lugar, las sociedades penalizadas eran la masonería y otras del mismo género, con lo cual el Código de Derecho Canónico establecía una clara distinción: mientras que el ingreso en la masonería era castigado automáticamente con la pena de excomunión, la pertenencia a otras asociaciones tenía que ser explícitamente declarada como delictiva por la autoridad eclesiástica en cada caso.

Los motivos que argumentaba la Iglesia católica para su condena a la masonería eran fundamentalmente: el carácter secreto de la organización, el juramento que garantizaba ese carácter oculto de sus actividades y los complots perturbadores que la masonería llevaba a cabo en contra de la Iglesia y los legítimos poderes civiles. La pena establecía directamente la excomunión, estableciéndose además una pena especial para los clérigos y los religiosos en el canon 2336.

También se recordaban las condiciones establecidas para proceder a la absolución de esta excomunión, que consistían en el alejamiento y la separación de la masonería, reparación del escándalo del mejor modo posible, y cumplimiento de la penitencia impuesta.
Las consecuencias de la excomunión incluían, por ejemplo, la privación de la sepultura eclesiástica y de cualquier misa exequial, de ser padrinos de bautismo, de confirmación, de no ser admitidos en el noviciado, y el consejo -en este caso a las mujeres- de no contraer matrimonio con masones, así como la prohibición al párroco de asistir a las nupcias sin consultar con el Ordinario.

A partir de la celebración del Concilio Vaticano II, un incipiente diálogo entre masones y católicos hizo que la situación comenzara a cambiar. Algunos Episcopados (de Francia, Países Escandinavos, Inglaterra, Brasil o Estados Unidos) empezaron a revisar la actitud ante la masonería; por un lado, revisando desde la historia los motivos que llevaron a adoptar a la Iglesia su actitud condenatoria, tales como su moral racionalista masónica, el sincretismo, las medidas anticlericales promovidas y defendidas por masones; y, por otro lado, se cuestionó que pudiera entenderse a la masonería como un solo bloque, sin tener en cuenta la escisión entre masonería regular, ortodoxa y tradicional, religiosa y apolítica aparentemente, y la segunda, la irregular, irreligiosa, política, heterodoxa.

Estos motivos y las más o menos constantes peticiones llegadas de varias partes del mundo a Roma, diálogos y debates, hicieron que, entre 1974 y 1983, la Congregación para la Doctrina de la Fe retomase los estudios sobre la masonería y publicase tres documentos que supusieron una nueva interpretación del canon 2335. En este ambiente de cambios, no extraña que el cardenal J. Krol, arzobispo de Filadelfia, preguntase a la Congregación para la Doctrina de la Santa Fe si la excomunión para los católicos que se afiliaban a la masonería seguía estando en vigor. La respuesta a su pregunta la dio la Congregación a través de su Prefecto, en una carta de 19 de julio de 1974. En ella se explica que, durante un amplio examen de la situación, se había hallado una gran divergencia en las opiniones, según los países. La Sede Apostólica no creía oportuno, consecuentemente, elaborar una modificación de la legislación vigente hasta que se promulgara el nuevo Código de Derecho Canónico. Se advertía, sin embargo, en la carta, que existían casos particulares, pero que continuaba la misma pena para aquellos católicos que diesen su nombre a asociaciones que realmente maquinasen contra la Iglesia. Mientras que para los clérigos, religiosos y miembros de institutos seculares la prohibición seguía siendo expresa para su afiliación a cualquiera de las asociaciones masónicas. La novedad en esta carta residía en la admisión, por parte de la Iglesia católica, de que podían existir asociaciones masónicas queno conspiraban en ningún sentido contra la Iglesia católica ni contra la fe de sus miembros.
Las dudas no tardaron en plantearse: ¿cuál era el criterio para verificar si una asociación masónica conspiraba o no contra la Iglesia?; y ¿qué sentido y extensión debía darse a la expresión conspirar contra la Iglesia?

El clima generalizado de acercamiento entre las tesis de algunos católicos y masones fue roto por la declaración del 28 de abril de 1980 de la Conferencia Episcopal Alemana sobre la pertenencia de los católicos a la masonería. Como recoge Federico R. Aznar Gil, la declaración explicaba que, durante los años 1974 y 1980, se habían mantenido numerosos coloquios oficiales entre católicos y masones; que por parte católica se habían examinado los rituales masónicos de los tres primeros grados; y que los obispos católicos habían llegado a la conclusión de que había oposiciones fundamentales e insuperables entre ambas partes:

"La masonería -decían los obispos alemanes- no ha cambiado en su esencia. La pertenencia a la misma cuestiona los fundamentos de la existencia cristiana" (.) Las principales razones alegadas para ello fueron las siguientes: la cosmología o visión del mundo de los masones no es unitaria, sino relativa, subjetiva, y no se puede armonizar con la fe cristiana; el concepto de verdad es, asimismo, relativista, negando la posibilidad de un conocimiento objetivo de la verdad, lo que no es compatible con el concepto católico; también el concepto de religión es relativista (.) y no coincide con la convicción fundamental del cristianismo, el concepto de Dios, simbolizado a través del "Gran Arquitecto del Universo" es de tipo deístico y no hay ningún conocimiento objetivo de Dios en el sentido del concepto personal del Dios del teísmo, y está transido de relativismo, lo cual mina los fundamentos de la concepción de Dios de los católicos (.)

El 17 de febrero de 1981, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicaba una declaración en la que afirma de nuevo la excomunión para los católicos que den su nombre a la secta masónica y a otras asociaciones del mismo género, con lo cual, la actitud de la Iglesia permanece invariable, e invariable permanece aún en nuestros días.