miércoles, 1 de julio de 2020

DEVOCIÓN A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO


CARTA APOSTÓLICA
INDE A PRIMIS
DE SU SANTIDAD 
JUAN XXIII
A LOS VENERABLES HERMANOS
PATRIARCAS, PRIMADOS,
ARZOBISPOS, OBISPOS
Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR
EN PAZ Y COMUNIÓN
CON LA SEDE APOSTÓLICA SOBRE
EL FOMENTO DEL CULTO
A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE

 DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO



Venerables Hermanos
salud y Bendición Apostólica.

Muchas veces desde los primeros meses de nuestro ministerio pontificio —y nuestra palabra, anhelante y sencilla, se ha anticipado con frecuencia a nuestros sentimientos— ha ocurrido que invitásemos a los fieles en materia de devoción viva y diaria a volverse con ardiente fervor hacia la manifestación divina de la misericordia del Señor en cada una de las almas, en su Iglesia Santa y en todo el mundo, cuyo Redentor y Salvador es Jesús, a saber, la devoción a la Preciosísima Sangre.

Esta devoción se nos infundió en el mismo ambiente familiar en que floreció nuestra infancia y todavía recordamos con viva emoción que nuestros antepasados solían recitar las Letanías de la Preciosísima Sangre en el mes de julio.

Fieles a la exhortación saludable del Apóstol: "Mirad por vosotros y por todo el rebaño, sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre", creemos, venerables Hermanos, que entre las solicitudes de nuestro ministerio pastoral universal, después de velar por la sana doctrina, debe tener un puesto preeminente la concerniente al adecuado desenvolvimiento e incremento de la piedad religiosa en las manifestaciones del culto público y privado. Por tanto, nos parece muy oportuno llamar la atención de nuestros queridos hijos sobre la conexión indisoluble que debe unir a las devociones, tan difundidas entre el pueblo cristiano, a saber, la del Santísimo Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, con la que tiende a honrar la Preciosísima Sangre del Verbo encarnado "derramada por muchos en remisión de los pecados".

Sí, pues, es de suma importancia que entre el Credo católico y la acción litúrgica reine una saludable armonía, puesto que lex credendi legem statuat supplicandi (la ley de la fe es la pauta de la ley de la oración) y no se permitan en absoluto formas de culto que no broten de las fuentes purísimas de la verdadera fe, es justo que también florezca una armonía semejante entre las diferentes devociones, de tal modo que no haya oposición o separación entre las que se estiman como fundamentales y más santificantes, y al mismo tiempo prevalezcan sobre las devociones personales y secundarias, en el aprecio y práctica, las que realizan mejor la economía de la salvación universal efectuada por "el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos" . Moviéndose en esta atmósfera de fe recta y sana piedad los creyentes están seguros de sentirse cum Ecclesia (sentir con la Iglesia), es decir, de vivir en unión de oración y de caridad con Jesucristo, Fundador y Sumo Sacerdote de aquella sublime religión que junto con el nombre toma de El toda su dignidad y valor.

Si echamos ahora ,una rápida ojeada sobre los admirables progresos que ha logrado la Iglesia Católica en el campo de la piedad litúrgica, en consonancia saludable con el desarrollo de la fe en la penetración de las verdades divinas, es consolador, sin duda, comprobar que en los siglos más cercanos a nosotros no han faltado por parte de esta Sede Apostólica claras y repetidas pruebas de asentimiento y estímulo respeto a las tres mencionadas devociones; que fueron practicadas desde la Edad Media por muchas almas piadosas y propagadas después por varias diócesis, órdenes y congregaciones religiosas, pero que esperaban de la Cátedra de Pedro la confirmación de la ortodoxia y la aprobación para la Iglesia universal.
   

Baste recordar que nuestros Predecesores desde el siglo XVI enriquecieron con gracias espirituales la devoción al Nombre de Jesús, cuyo infatigable apóstol en el siglo pasado fue, en Italia, San Bernardino de Sena. En honor de este Santísimo Nombre se aprobaron de modo especial el Oficio y la Misa y a continuación las Letanías. No menores fueron los privilegios concedidos por los Romanos Pontífices al culto del Sacratísimo Corazón, en cuya admirable propagación tuvieron tanta influencia las revelaciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque. Y tan alta y unánime ha sido la estima de los Sumos Pontífices por esta devoción, que se complacieron en explicar su naturaleza, defender su legitimidad, inculcar la práctica con muchos actos oficiales a los que han dado remate tres importantes Encíclicas sobre el misma tema.

Asimismo la devoción a la Preciosísima Sangre, cuyo propagador admirable fue en el siglo pasado; el sacerdote romano San Gaspar del Búfalo, obtuvo merecido asentimiento de esta Sede Apostólica. Conviene recordar que por mandato de Benedicto XIV se compusieron la Misa y el Oficio en honor de la Sangre adorable del Divino Salvador; y que Pío IX, en cumplimiento de un voto hecho en Gaeta, extendió la fiesta litúrgica a la Iglesia universal. Por último Pío XI, de feliz memoria, como recuerdo del XIX Centenario de la Redención, elevó dicha fiesta a rito doble de primera clase, con el fin de que, al incrementar la solemnidad litúrgica, se intensificase también la devoción y se derramasen más copiosamente sobre los hombres los frutos de la Sangre redentora.

Por consiguiente, secundando el ejemplo de nuestros Predecesores, con objeto de incrementar más el culto a la preciosa Sangre del Cordero inmaculado, Cristo Jesús, hemos aprobado las Letanías, según texto redactado por la Sagrada Congregación de Ritos, recomendando al mismo tiempo se reciten en todo el mundo católico ya privada ya públicamente con la concesión de indulgencias especiales .

¡Ojalá que este nuevo acto de la "solicitud por todas las Iglesias", propia del Supremo Pontificado, en tiempos de más graves y urgentes necesidades espirituales, cree en las almas de los fieles la convicción del valor perenne, universal, eminentemente práctico de las tres devociones recomendadas más arriba!

Así, pues, al acercarse la fiesta y el mes consagrado al culto de la Sangre de Cristo, precio de nuestro rescate, prenda de salvación y de vida eterna, que los fieles la hagan objeto de sus más devotas meditaciones y más frecuentes comuniones sacramentales. Que reflexionen, iluminados por las saludables enseñanzas que dimanan de los Libros Sagrados y de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en el valor sobreabundante, infinito, de esta Sangre verdaderamente preciosísima, cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere (de la cual una sola gota puede salvar al mundo de todo pecado), como canta la Iglesia con el Doctor Angélico y como sabiamente lo confirmó nuestro Predecesor Clemente VI. Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto , en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no sólo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables.



Y al culto de latría, que se debe al Cáliz de la Sangre del Nuevo Testamento, especialmente en el momento de la elevación en el sacrificio de la Misa, es muy conveniente y saludable suceda la Comunión con aquella misma Sangre indisolublemente unida al Cuerpo de Nuestro Salvador en el Sacramento de la Eucaristía. Entonces los fieles en unión con el celebrante podrán con toda verdad repetir mentalmente las palabras que él pronuncia en el momento de la Comunión: Calicem salutaris accipiam et nomem Domini invocabo... Sanguis Domini Nostri Iesu Christi custodiat animam meam in vitam aeternam. Amen. Tomaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor... Que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna. Así sea. De tal manera que los fieles que se acerquen a él dignamente percibirán con más abundancia los frutos de redención, resurrección y vida eterna, que la sangre derramada por Cristo "por inspiración del Espíritu Santo" [mereció para el mundo entero. Y alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, hechos partícipes de su divina virtud que ha suscitado legiones de mártires, harán frente a las luchas cotidianas, a los sacrificios, hasta el martirio, si es necesario, en defensa de la virtud y del reino de Dios, sintiendo en sí mismos aquel ardor de caridad que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: "Retirémonos de esa Mesa como leones que despiden llamas, terribles para el demonio, considerando quién es nuestra Cabeza y qué amor ha tenido con nosotros... Esta Sangre, dignamente recibida, ahuyenta los demonios, nos atrae a los ángeles y al mismo Señor de los ángeles... Esta Sangre derramada purifica el mundo... Es el precio del universo, con ella Cristo redime a la Iglesia... Semejante pensamiento tiene que frenar nuestras pasiones. Pues ¿hasta cuándo permaneceremos inertes? ¿Hasta cuándo dejaríamos de pensar en nuestra salvación? Consideremos los beneficios que el Señor se ha dignado concedernos, seamos agradecidos, glorifiquémosle no sólo con la fe, sino también con las obras".

¡Ah! Si los cristianos reflexionasen con más frecuencia en la advertencia paternal del primer Papa: "Vivid con temor todo el tiempo de vuestra peregrinación, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha!". Si prestasen más atento oído a la exhortación del Apóstol de las gentes: "Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo".

¡Cuánto más dignas, más edificantes serían sus costumbres; cuánto más saludable sería para el mundo la presencia de la Iglesia de Cristo! Y si todos los hombres secundasen las invitaciones de la gracia de Dios, que quiere que todos se salven, pues ha querido que todos sean redimidos con la Sangre de su Unigénito y llama a todos a ser miembros de un único Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, ¡cuánto más fraternales serían las relaciones entre los individuos, los pueblos y las naciones; cuánto más pacífica, más digna de Dios y de la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza del Altísimo, sería la convivencia social!


Debemos considerar esta sublime vocación a la que San Pablo invitaba a los fieles procedentes del pueblo escogido, tentados de pensar con nostalgia en un pasado que sólo fue una pálida figura y el preludio de la Nueva Alianza: "Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial y a las miríadas de ángeles, a la asamblea, a la congregación de los primogénitos, que están escritos en los cielos, y a Dios, Juez de todos, y a los espíritus de los justos perfectos, y al Mediador de la nueva Alianza, Jesús, y a la aspersión de la sangre, que habla mejor que la de Abel".

Confiando plenamente, venerables Hermanos, en que estas paternales exhortaciones nuestras, que daréis a conocer de la manera que creáis más oportuna al Clero y a los fieles confiados a vosotros, no sólo serán puestas en práctica de buen grado, sino también con ferviente celo, como auspicio de las gracias celestiales y prenda de nuestra especial benevolencia, con efusión de corazón impartimos la Bendición Apostólica a cada uno de vosotros y toda vuestra grey, y de modo especial a todos los que respondan generosa y plenamente a nuestra invitación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el treinta de junio de 1960, vigilia de la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, segundo año de nuestro Pontificado.

IOANNES PP.XXIII.

domingo, 28 de junio de 2020

miércoles, 24 de junio de 2020

Descripción de las partes de la Santa Misa


El sacerdote se dirige al altar "Me alegraré porque me dijeron: Iremos a la Casa del Señor".

El sacerdote da comienzo a la Santa Misa con la señal de la Cruz y el acto penitencial.

Dirige la plegaria al Padre por mediación de Jesucristo y en unión con el Espíritu Santo, orando por las necesidades espirituales y materiales de los hombres.


Lectura de las Sagradas Escrituras. Se lee un fragmento del Antiguo Testamento o de las Cartas Apostólicas y otro de los Evangelios.

Eleva la patena con la hostia. Pone en el cáliz el vino (con un poco de agua) que se convertirá en la Sangre de Cristo.

Ofrecidos a Dios el pan y el vino, ruega a los asistentes se unan a él para ofrecer al Padre el Santo Sacrificio.


"Este es mi Cuerpo". Pronunciadas estas palabras, el sacerdote muestra a los fieles la Santísima Hostia que es el Cuerpo santísimo de Cristo.

"Este es el cáliz de mi Sangre". También el vino se ha transformado en la Preciosísima Sangre de Cristo, y el sacerdote la presenta a los fieles para que la adoren con fe.


"Habiendo tomado el pan lo partió" (Mt. 26, 26). Es el símbolo de la distribución de la Eucaristía, que es la participación en el mismo Cuerpo de Cristo, fundamento de la unidad de la Iglesia.

La Comunión del sacerdote es obligatoria en la Misa, por ser esta un banquete sacrificial.

"Tomen y beban". El sacerdote cumple el mandato de Cristo. La Sangre es la manifestación del Sacrificio realizado en la Misa.


Aunque la Comunión de los fieles no es obligatoria, es sin embargo la participación más íntima y completa del Sacrificio que han ofrecido uniéndose al sacerdote y un anticipo de la vida gloriosa en el banquete celestial.

Como lo hizo Jesús, el sacerdote despide a los asistentes, otorgándoles la bendición divina, para que vayan a sus deberes, unidos con Cristo en el sacrificio cotidiano de la vida.


sábado, 20 de junio de 2020

miércoles, 17 de junio de 2020

BREVE EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA


Aclaración: Si bien estas consideraciones, fueron escritas para seguir la Santa Misa "de Siempre", celebrada según el Misal Tridentino, están cargadas de piedad y de la doctrina perenne de la Santa Madre Iglesia. Salvo por algunos detalles,  nada impide  que pueda usarse sin mayor inconveniente como preparación para la llamada Forma Ordinaria del Rito Latino. Seguramente, será muy útil para aumentar la devoción, el fervor y comprender mejor el Santo Sacrificio de la Misa. 
Estos párrafos, no pretendían ser una explicación muy al detalle de las rúbricas, si no que, más bien eran una guía para la oración. Es por ello que, más allá del Rito al que se esté acostumbrado, estoy seguro, que este texto transcripto, hará mucho bien a quienes asistan a la Santa Misa.  
                                                                                             Nichán

     

El sacerdote empieza con la señal de la cruz, principio de todas las obras del cristiano. Después dice alternando con el monaguillo la antífona Introibo ad altare Dei (Subiré al altar de Dios) y todo el salmo 42, en que con reverencia humilde y confiada se expresan los sentimientos de deseo, esperanza y temor del alma en presencia de Dios.

Luego, rezará el Confíteor (Yo confieso) con el que el sacerdote hace pública declaración de sus faltas, al que le responden por boca del monaguillo, todos los asistentes con la expresión de los mismos sentimientos de confesión y de súplica.

Seguidamente el acólito, recitará el Confíteor (Yo confieso) en el que están representados los fieles.

El sacerdote sube al altar; pero como lleno de un santo temor a medida que va subiendo, como Moisés al subir el Sinaí, siente que aquel pavimento es santo, y recita dos breves oraciones llenas de humildad.

Ahora, el celebrante irá hasta el misal, y haciendo la señal de la cruz, leerá el Introito. Este es un versículo de un salmo y su antifona, que antiguamente se cantaba mientras el sacerdote entraba en el templo para celebrar la Misa. De ahí su nombre.


A continuación se recitan los Kyries, que son una exclamación de dolor, pero a la vez están llenos de confianza en la Divina Misericordia. Constituyen una forma muy compendiada, un diminuto vestigio de la antigüa letanía en la cual iban comprendidas súplicas para todas las necesidades de la Iglesia.

En las Fiestas sigue el rezo del Gloria. Sus primeras palabras fueron bajadas del Cielo y cantadas por los ángeles en el nacimiento del Salvador. El resto es como un desarrollo de esa introducción. Demos a Dios la gloria que le es debida, pidámosle la paz que no puede dar el mundo, y que aquellos ángeles anunciaron a la tierra.

El celebrante reza la Oración Colecta. Esta parte de la Misa es así llamada por ser una oración hecha en nombre de todos los fieles reunidos y el compendio de todas sus peticiones.  Se termina en nombre de Jesucristo, para mostrar que no tenemos acceso cerca de Dios sino por Aquel que tomó sobre sus hombros el peso de nuestros pecados.

Siguen las lecturas. En primer lugar la Epístola. Las epístolas, así como las oraciones, varían frecuentemente. Están tomadas de las Cartas de los Apóstoles o del Apocalipsis, algunas veces de los Hechos de los Apóstoles o del Antiguo Testamento. En los primeros tiempos, se recitaban muchas otras lecturas, como sucede actualmente en algunas Misas de Vigilia de Fiestas Solemnes.

En segundo lugar, se recitará el Gradual. Se llama así el salmo que sigue a la lectura de la epístola, porque se cantaba antiguamente en las gradas del lugar donde se habían leído las Escrituras. Suele ser el que exprese mejor el pensamiento principal de la lectura, a fin de que los fieles la graben más fácilmente en su memoria y hagan de ella la inspiración de sus meditaciones.

A continuación vendrá el Aleluya. Es una expresión de alegría que resuena sin cesar en el Cielo, como dice el Apóstol San Juan. Por eso, la Iglesia lo recita al principio del gozo con el que exclama al acercarse la lectura del Evangelio. Las palabras que acompañan esta exclamación, nos preparan para escuchar lo que el mismo Jesucristo va anunciarnos y nos enseñan la aplicación que debemos hacer de sus palabras a nuestras propias vidas.

En los días consagrados a la penitencia o el dolor, no canta la Iglesia el Aleluya. Solo nos invita a escuchar en un Tracto sus acentos de duelo.

Finalmente, no son ya los Profetas ni los Apóstoles quienes nos enseñarán: el Señor mismo es quien va hablar en el Evangelio. Levantémonos y mostremos nuestra disposición para seguir a Jesús. Marquemos nuestra frente, labios y nuestro corazón con la señal de la Cruz. Esta señal fortalezca nuestra mente y la arme contra los respetos humanos. Santifique nuestros labios comunicándoles la sabiduría y la Verdad. Purifique nuestro corazón y le de vigor contra las seducciones del mundo y del infierno.


El Credo se compone de tres partes distintas. La primera se refiere al Padre y las obras de la Creación. La segunda al Hijo y las obras de la Redención. La tercera, al Espíritu Santo y las obras de la Santificación. Al mandarlo rezar la Iglesia inmediatamente después del Evangelio, quiere que hagamos profesión de creer todas las verdades que encierra, y nos preparemos a la inmolación del Cordero con el sacrificio del espíritu y del corazón a las verdades que Dios ha revelado.

La antífona del Ofertorio es, a veces una oración otras una alabanza y no pocas veces una enseñanza. Recuerda la antigua costumbre que tenían los cristianos de llevar sus ofrendas al altar. Este pensamiento está enunciado según el espíritu de la festividad que celebra la Iglesia. Tratemos de comprenderlo, para unirnos más plenamente al Sacrificio de la Misa.

La ofrenda más agradable que podemos ofrecer a Dios, es la de nuestros corazones contritos y humillados. Unámoslos a la hostia que va a convertirse en el Cuerpo de Jesús. Así  quedarán consumidos por el fuego del holocausto, nuestros afectos terrenos y perdonados nuestros pecados por los méritos de la Víctima inmaculada.

En el ofrecimiento del pan, el sacerdote habla en su propio nombre. Pero al ofrecer el cáliz, habla también en el nombre del pueblo que está representado en el agua mezclada con vino. Pidamos que el precio de nuestro rescate, que dentro de poco se pondrá en el cáliz, sea aplicado en favor nuestro y de aquellos por quienes tenemos que rezar.

En este momento, ya todo está preparado para el Sacrificio, pero la conversión de las ofrendas no puede hacerse sin la intervención del Espíritu Santificador. A Él corresponde producir el cuerpo de Jesucristo en el altar, como lo formó en el seno de María. A Él le toca "destruir" y transformar, con su omnipotencia, la substancia del pan y del vino. Pidámosle que destruya también con el fuego de su amor todo egoísmo en nuestros corazones.

Antiguamente, el sacerdote, después de recibidas las ofrendas de los fieles, se lavaba las manos. Ahora, esta ceremonia nos enseña que nuestra vida y nuestras obras deben ser muy puras si queremos acercarnos dignamente al Señor. Para ayudarnos a comprender mejor, el sacerdote la acompaña rezando algunos versículos del salmo 25.

El sacerdote ha ofrecido ya separadamente el pan, el vino y el corazón de los fieles. Ahora lo ofrece todo de una manera general. Junta las manos sobre el altar en señal de unión con Jesucristo, y después de haber hecho la oblación particular al Padre y al Espíritu Santo, en este momento invoca a la Trinidad.

El sacerdote se vuelve a los asistentes, extiende las manos y las junta otra vez, insistiendo con el gesto y las palabras sobre la recomendación, que va hacer a los fieles, de rezar con insistencia.

La Secreta (oración sobre la Ofrenda), es una oración que el sacerdote dice en voz baja y en la cual expone al Señor sus necesidades y las de los asistentes. En ella le pide que reciba los dones presentes sobre el altar.

Terminados los preparativos del Sacrificio, el sacerdote, levanta la voz para pedir a los fieles que levanten sus corazones hasta Dios. Está próximo el momento en que el mismo Señor va aparecer verdaderamente entre ellos. Desprendamos nuestro espíritu y nuestro corazón de nuestras preocupaciones y alcémoslo hasta el Cielo, a fin de entrar mejor en los sentimientos de los ángeles y poder cantar con ellos el himno del Sanctus (Santo).

El Canon  es la regla invariable de las oraciones y las ceremonias que preceden y siguen a la Consagración. Lo que una vez, hizo Jesús en el Calvario, todos los días lo continúa en el Cielo, donde se ofrece por nosotros al Padre, de una manera misteriosa y en nuestros altares, donde se hace presente en medio de nosotros. Lo que el Divino Redentor hizo tomando el Pan, bendiciéndolo y dando gracias, esto hace el sacerdote como Él, con Él y por Él. Pongamos atención, sigamos al Ministro del Señor que habla por nosotros. Pidamos las gracias de que tenemos necesidad, con gran confianza de alcanzarlas. ¿Puede Dios, que nos ha dado a su Hijo, rehusarnos cosa alguna, si se la pedimos con Fe?

El sacerdote extiende las manos sobre la hostia y el cáliz. Este gesto, nos recuerda que merecimos la muerte, y que por Misericordia de Dios, podemos ofrecer en nuestro lugar a Jesús. Pidamos con confianza el perdón de nuestros pecados y la Vida eterna. Consagrémonos al servicio del Señor, cómo Él se sacrifica por nuestra salvación.

Se acerca el momento en que van abrirse los cielos, miles de ángeles se agrupan en torno al altar y el sacerdote bendice el pan y el vino, que van a convertirse en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Demos gracias a Dios y contemplemos este gran Misterio.

Luego de la elevación del cáliz, todo queda consumado en el altar como en otro tiempo en la Cruz. Las alturas del Cielo se han acercado a nosotros. El Justo ha bajado, la tierra ha recibido al Salvador. El Señor está con nosotros y viene a colmarnos de bendiciones. Veámoslo en el altar.


Es justo que los fieles de la tierra que se han unido a los Santos del cielo, se unan también a las almas del Purgatorio. Así todos los Hijos de Dios, los que han triunfado, los que aún están peregrinando o purgando, se hacen partícipes del fruto y los méritos de la Sangre del Cordero.

Al decir Por nosotros pecadores, el sacerdote levanta un poco la voz, para advertir a los fieles a que se unan de una manera especial a la oración que se hace por ellos. Al mismo tiempo, se da un pequeño golpe en el pecho, indicando con esto, como el publicano, que confiesa nuestra indignidad. Vuelve en seguida al misterioso silencio del Canon.

Al final, el sacerdote alza un poco la Hostia y el Caliz, y los ofrece al Eterno Padre.

Con una breve introducción, el celebrante invita a rezar el Pater noster (Padre nuestro). Nada mejor para disponer las almas para la participación de los Sagrados Misterios, que esta oración bien meditada rezada con calma. Pongámonos a los pies del Señor,  al contemplar sus sufrimientos en la Cruz, con compasión como la Magdalena, con amor filial como San Juan y con arrepentimiento de nuestros pecados como San Pedro.

Continúa, el sacerdote insistiendo sobre la última petición del Pater noster, sin cansarse de pedir que nos libre de todos los males y nos dé la paz.

La patena, destinada a recibir el Cuerpo de Jesucristo es signo de la paz. El sacerdote la sostiene apoyada en el altar, y con ella levanta la Hostia del corporal. Imitando a Jesús, que partió el pan sagrado antes de distribuirlo a sus discípulos en la Última Cena, divide la Hostia en tres partes. La más pequeña de las cuales va a dejar caer dentro del Cáliz. Con estos gestos, recordará la separación del cuerpo y el alma del Señor en su Muerte y la Resurrección en que volvieron a unirse.

Dios, tan glorioso y tan poderoso, es aquí un Cordero manso y bondadoso que viene a quitar los pecados del mundo y a darnos su paz.

Los fieles que se propongan comulgar, pueden llenarse de los sentimientos de las oraciones que el sacerdote debe decir para si antes de hacer su Comunión.

No es posible meditar la necesidad que tenemos de unirnos a Dios, sin dejar de comprender con humildad la distancia infinita que hay entre el Creador y Redentor y la criatura redimida.

Con la Comunión del Sacerdote, se perfeccionará realmente el Sacrificio de la Misa, que no es otra cosa que la renovación incruenta del mismo Sacrificio de la Cruz.


Este será el momento más oportuno, y más conforme al espíritu de la Liturgia, para la Comunión diaria que Nuestro Señor desea y que la Iglesia recomienda. Pero si no pudiésemos comulgar, es el momento de hacer una Comunión espiritual.

Luego de la purificación del cáliz, el celebrante leerá la antífona de la Comunión. Esta oración es considerada como un himno de acción de gracias. Un medio de mantener vivos los sentimientos que la presencia de Jesucristo debe inundar nuestras almas. Las palabras de esta oración son expresivas y su meditación son alegría para un corazón que ama a su Dios.


Esforcémonos en ofrecer al Señor sacrificio por sacrificio. Como Él se ha inmolado por nosotros, seamos víctima de su amor, sacrificándole todas las delicadezas y el amor propio, todas las inclinaciones naturales, y también todos nuestros defectos.

La oración de Postcomunión es la acción de gracias propiamente y es de la misma naturaleza que la Colecta y la oración Secreta.

Finalmente, el sacerdote dice a los fieles: Ite, Missa est. Ha llegado el tiempo de caminar hacia la Patria Celestial soportando las fatigas, penas y trabajos del viaje. Desde ahora serán fuertes contra el mundo, el demonio y sus malas inclinaciones.

La oración Placeat (Te sea agradable) que sigue, es una especie de recapitulación de todo lo que acaba de pasar, y una nueva instancia pidiendo a Dios la conservación de los frutos de tan gran Misterio.

En las Misas que no sean de Requiem ( por los Difuntos), el sacerdote bendice a los asistentes. Comienza por besar el altar, como para recoger el tesoro de gracias que les va a desear. Levanta las manos y los ojos al cielo, como para atraer las bendiciones del altar sublime donde el Cordero sacrificado intercede por nosotros. Junta las manos en señal de estar ya en posesión de las gracias que ha pedido. Se inclina ante el crucifijo, fuente de todos los bienes que va a derramar, y volviéndose hacia los fieles, y hace sobre ellos el signo de la Redención.

En otro tiempo, llevaban los cristianos en el pecho, junto al corazón el principio del Evangelio de San Juan. Querían que junto con su cuerpo se depositara en el sepulcro. Lo rezaban en los peligros y pedían que se les leyese en las enfermedades. Esta devoción, los movía a hacerlo recitar todos los días después de la Misa. Bien pronto llegó a ser una ley, lo que en un principio era una sana costumbre. La Iglesia dispuso que se leyera antes de separarse el sacerdote del altar. Meditemos con cuidado los misterios inefables que en él se encierran.


Texto tomado y adaptado del "Manual de Piedad", P. Francisco Bartilla C.M.F., Editorial Steinbrener, 1931


sábado, 13 de junio de 2020

LA COMUNION EN LA BOCA EN TIEMPOS DE EPIDEMIA



Transcribimos a continuación una traducción de un comunicado de la Federación Una Voce.

Foederatio Internationalis 

Una Voce

Quae patronum invocat sanctum Gregorium Magnum Papam.

Comunicado de prensa 

Comunión en la lengua y epidemia


Dada la reciente declaración del Arzobispo Thomas J. Rodi de Mobile, de Alabama, en los Estados Unidos de Norteamérica, sobre el distanciamiento social durante la recepción de la comunión y otros temas en torno a la recepción de la comunión en todo el mundo, en el contexto de la epidemia de coronavirus, la Foederatio Internationalis Una Voce (FIUV) desea hacer públicas las siguientes observaciones.


1. En la forma ordinaria, la ley universal de la Iglesia otorga a todos los católicos el derecho de recibir la comunión en la lengua. Esto ha sido reafirmado por la Congregación del Culto Divino durante casos anteriores relativos a la salud pública, como la llamada “gripe porcina” de 2009 (véase, por ejemplo, Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004), núm. 92; Congregación del Culto Divino, carta de de 24 de julio de 2009, Prot. N. 655/09/L).


2. En la forma extraordinaria, la ley universal de la Iglesia permite la recepción de la comunión solamente en la lengua (véase Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Instrucción Universae Ecclesiae (2011), núm. 28; Congreación de Culto Divino, Instrucción Memoriale Domini (1969)).


3. En ninguno de estos dos casos puede el Ordinario desobedecer la ley de la Iglesia.


4. El problema de mantener una distancia física entre el ministro y quien comulga durante la distribución de la comunión incluye del mismo modo la recepción en la mano y la recepción en la lengua. En ambos casos, el ministro y el comulgante están obligados a acercarse uno al otro, aunque sólo por un breve momento, y sin tocarse. Es difícil ver cómo incluso con el uso de un instrumento, como un par de tenazas (respecto de las cuales hay precedentes históricos), podrían el ministro y el comulgante mantener entre sí la distancia de seis pies o dos metros.


5. El Derecho Canónico es con razón muy restrictivo en cuanto a las penas que los obispos pueden imponer a sus sacerdotes por infringir normas que ellos mismos formulen. El intento del obispo Rodi de prohibir la celebración de Misas públicas a los sacerdotes que no obedezcan sus normas -lo que equivale a una suspensión parcial del sacerdote- excede todo lo que el Derecho Canónico parece justificar (véase los cánones 1316-1319).


6. Se hace cada vez más evidente que no existe una clara base científica para la idea de que la comunión en la lengua transmite más el coronavirus que la recepción en la mano. Así se lo han hecho ver los expertos al Arzobispo Alexander Sample, de Oregon, EE.UU., y al Arzobispo José Antonio Eguren, de Piura, Perú, y es también la opinión de los expertos vinculados a las directrices del Thomistic Institute, de Washington DC, EE.UU. Si algún obispo en cualquier parte del mundo tiene a su disposición estudios u opiniones de expertos contrarios a este creciente consenso, le incumbe hacerlos públicos con carácter de urgencia.


7. Cuando lo han exigido las circunstancias del lugar, se ha suspendido por los obispos y las autoridades públicas la recepción de la comunión, la celebración de Misas abiertas al público e incluso la apertura de las iglesias para la oración privada. Estas medidas han sido, al menos, imparciales y, hasta donde lo justifica la preocupación por la salud pública, no infringen los derechos de los fieles. A medida que estas restricciones se alzan gradualmente en todo el mundo, urgimos a los obispos a que sigan obrando de acuerdo con los consejos de los expertos y a que no impongan a ciertos sacerdotes y fieles restricciones mayores que las que se imponen a otros, por respeto a los derechos de los fieles.


El Presidente y consejeros de la Foederatio Internationalis Una Voce
8 de junio de 2020.