miércoles, 30 de abril de 2014

El Matrimonio - Catecismo de la Iglesia Católica



EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO
1601 "La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados" (CIC can. 1055, §1)
I. El matrimonio en el plan de Dios
1602 La sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26- 27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap 19,9; cf. Ap 19, 7). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor" (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf Ef 5,31-32).
El matrimonio en el orden de la creación
1603 "La íntima comunidad de vida y amor conyugal, está fundada por el Creador y provista de leyes propias. [...] El mismo Dios [...] es el autor del matrimonio" (GS 48,1). La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanente. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cf GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).
1604 Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,2), que es Amor (cf 1 Jn 4,8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (cf Gn 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. «Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla"» (Gn 1,28).
1605 La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gn 2, 18). La mujer, "carne de su carne" (cf Gn 2, 23), su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una "auxilio" (cf Gn 2, 18), representando así a Dios que es nuestro "auxilio" (cf Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (cf Gn 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan del Creador (cf Mt 19, 4): "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6).
El matrimonio bajo la esclavitud del pecado
1606 Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal.
1607 Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos (cf Gn 3,12); su atractivo mutuo, don propio del creador (cf Gn 2,22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (cf Gn 3,16); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cf Gn 1,28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cf Gn 3,16-19).
1608 Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado (cf Gn 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó "al comienzo".



El matrimonio bajo la pedagogía de la antigua Ley
1609 En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, "los dolores del parto" (Gn 3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" (Gn 3,19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí.
1610 La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía criticada de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque la Ley misma lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de "la dureza del corazón" de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1).
1611 Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3. 31; Ez 16,62;23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Ml 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que este es reflejo del amor de Dios, amor "fuerte como la muerte" que "las grandes aguas no pueden anegar" (Ct 8,6-7).
El matrimonio en el Señor

1612 La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado la Nueva y Eterna Alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por Él (cf. GS 22), preparando así "las bodas del cordero" (Ap 19,7.9).
1613 En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo —a petición de su Madre— con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.
1614 En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf Mt 19,8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: "lo que Dios unió, que no lo separe el hombre" (Mt 19,6).
1615 Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable (cf Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán "comprender" (cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.
1616 Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26), y añadiendo enseguida: «"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne". Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,31-32).
1617 Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (cf Ef 5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza (cf Concilio de Trento, DS 1800; CIC can. 1055 § 2).
La virginidad por el Reino de Dios
1618 Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales (cf Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cf Ap 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cf 1 Co 7,32), para ir al encuentro del Esposo que viene (cf Mt 25,6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo:
«Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda» (Mt 19,12).
1619 La virginidad por el Reino de los cielos es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo (cf Mc 12,25; 1 Co 7,31).
1620 Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad (cf Mt 19,3-12). La estima de la virginidad por el Reino (cf LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente:
«Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad; elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la virginidad. Pero lo que por comparación con lo peor parece bueno, no es bueno del todo; lo que según el parecer de todos es mejor que todos los bienes, eso sí que es en  verdad un bien eminente» (San Juan Crisóstomo, De virginitate, 10,1; cf FC, 16).
II. La celebración del Matrimonio


1621 En el rito latino, la celebración del matrimonio entre dos fieles católicos tiene lugar ordinariamente dentro de la Santa Misa, en virtud del vínculo que tienen todos los sacramentos con el Misterio Pascual de Cristo (cf SC 61). En la Eucaristía se realiza el memorial de la Nueva Alianza, en la que Cristo se unió para siempre a la Iglesia, su esposa amada por la que se entregó (cf LG 6). Es, pues, conveniente que los esposos sellen su consentimiento en darse el uno al otro mediante la ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a la ofrenda de Cristo por su Iglesia, hecha presente en el Sacrificio Eucarístico, y recibiendo la Eucaristía, para que, comulgando en el mismo Cuerpo y en la misma Sangre de Cristo, "formen un solo cuerpo" en Cristo (cf 1 Co 10,17).
1622 "En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración del matrimonio [...] debe ser por sí misma válida, digna y fructuosa" (FC 67). Por tanto, conviene que los futuros esposos se dispongan a la celebración de su matrimonio recibiendo el sacramento de la Penitencia.
1623 Según la tradición latina, los esposos, como ministros de la gracia de Cristo, manifestando su consentimiento ante la Iglesia, se confieren mutuamente el sacramento del matrimonio. En las tradiciones de las Iglesias orientales, los sacerdotes –Obispos o presbíteros– son testigos del recíproco consentimiento expresado por los esposos (cf. CCEO, can. 817), pero también su bendición es necesaria para la validez del sacramento (cf CCEO, can. 828).
1624 Las diversas liturgias son ricas en oraciones de bendición y de epíclesis pidiendo a Dios su gracia y la bendición sobre la nueva pareja, especialmente sobre la esposa. En la epíclesis de este sacramento los esposos reciben el Espíritu Santo como Comunión de amor de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5,32). El Espíritu Santo es el sello de la alianza de los esposos, la fuente siempre generosa de su amor, la fuerza con que se renovará su fidelidad.
III. El consentimiento matrimonial
1625 Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan libremente su consentimiento. "Ser libre" quiere decir:
— no obrar por coacción;
— no estar impedido por una ley natural o eclesiástica.
1626 La Iglesia considera el intercambio de los consentimientos entre los esposos como el elemento indispensable "que hace el matrimonio" (CIC can. 1057 §1). Si el consentimiento falta, no hay matrimonio.
1627 El consentimiento consiste en "un acto humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente" (GS 48,1; cf CIC can. 1057 §2): "Yo te recibo como esposa" — "Yo te recibo como esposo" (Ritual de la celebración del Matrimonio,  62). Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra su plenitud en el hecho de que los dos "vienen a ser una sola carne" (cf Gn 2,24; Mc 10,8; Ef 5,31).
1628 El consentimiento debe ser un acto de la voluntad de cada uno de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo (cf CIC can. 1103). Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento (CIC can. 1057 §1). Si esta libertad falta, el matrimonio es inválido.
1629 Por esta razón (o por otras razones que hacen nulo e inválido el matrimonio [cf. CIC can. 1095-1107]), la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar "la nulidad del matrimonio", es decir, que el matrimonio no ha existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente anterior (cf CIC, can. 1071 § 1, 3).
1630 El sacerdote ( o el diácono) que asiste a la celebración del matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la Iglesia y da la bendición de la Iglesia. La presencia del ministro de la Iglesia (y también de los testigos) expresa visiblemente que el Matrimonio es una realidad eclesial.
1631 Por esta razón, la Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio (cf Concilio de Trento: DS 1813-1816; CIC can 1108). Varias razones concurren para explicar esta determinación:
— El matrimonio sacramental es un acto litúrgico. Por tanto, es conveniente que sea celebrado en la liturgia pública de la Iglesia.
— El matrimonio introduce en un ordo eclesial, crea derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos.
— Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener testigos).
— El carácter público del consentimiento protege el "Sí" una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él.
1632 Para que el "Sí" de los esposos sea un acto libre y responsable, y para que la alianza matrimonial tenga fundamentos humanos y cristianos sólidos y estables, la preparación para el matrimonio es de primera importancia:
El ejemplo y la enseñanza dados por los padres y por las familias son el camino privilegiado de esta preparación.
El papel de los pastores y de la comunidad cristiana como "familia de Dios" es indispensable para la transmisión de los valores humanos y cristianos del matrimonio y de la familia (cf. CIC can 1063), y esto con mayor razón en nuestra época en la que muchos jóvenes conocen la experiencia de hogares rotos que ya no aseguran suficientemente esta iniciación:
«Los jóvenes deben ser instruidos adecuada y oportunamente sobre la dignidad, tareas y ejercicio del amor conyugal, sobre todo en el seno de la misma familia, para que, educados en el cultivo de la castidad, puedan pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo, al matrimonio» (GS 49,3).
Matrimonios mixtos y disparidad de culto
1633 En numerosos países, la situación del matrimonio mixto (entre católico y bautizado no católico) se presenta con bastante frecuencia. Exige una atención particular de los cónyuges y de los pastores. El caso de matrimonios con disparidad de culto (entre católico y no bautizado) exige aún una mayor atención.
1634 La diferencia de confesión entre los cónyuges no constituye un obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a poner en común lo que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad, y a aprender el uno del otro el modo como cada uno vive su fidelidad a Cristo. Pero las dificultades de los matrimonios mixtos no deben tampoco ser subestimadas. Se deben al hecho de que la separación de los cristianos no se ha superado todavía. Los esposos corren el peligro de vivir en el seno de su hogar el drama de la desunión de los cristianos. La disparidad de culto puede agravar aún más estas dificultades. Divergencias en la fe, en la concepción misma del matrimonio, pero también mentalidades religiosas distintas pueden constituir una fuente de tensiones en el matrimonio, principalmente a propósito de la educación de los hijos. Una tentación que puede presentarse entonces es la indiferencia religiosa.
1635 Según el derecho vigente en la Iglesia latina, un matrimonio mixto necesita, para su licitud, el permiso expreso de la autoridad eclesiástica (cf CIC can. 1124). En caso de disparidad de culto se requiere una dispensa expresa del impedimento para la validez del matrimonio (cf CIC can. 1086). Este permiso o esta dispensa supone que ambas partes conozcan y no excluyan los fines y las propiedades esenciales del matrimonio: además, que la parte católica confirme los compromisos –también haciéndolos conocer a la parte no católica– de conservar la propia fe y de asegurar el Bautismo y la educación de los hijos en la Iglesia Católica (cf CIC can. 1125).
1636 En muchas regiones, gracias al diálogo ecuménico, las comunidades cristianas interesadas han podido llevar a cabo una pastoral común para los matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas parejas a vivir su situación particular a la luz de la fe. Debe también ayudarles a superar las tensiones entre las obligaciones de los cónyuges, el uno con el otro, y con sus comunidades eclesiales. Debe alentar el desarrollo de lo que les es común en la fe, y el respeto de lo que los separa.
1637 En los matrimonios con disparidad de culto, el esposo católico tiene una tarea particular: "Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente" ( 1 Co 7,14). Es un gran gozo para el cónyuge cristiano y para la Iglesia el que esta "santificación" conduzca a la conversión libre del otro cónyuge a la fe cristiana (cf. 1 Co 7,16). El amor conyugal sincero, la práctica humilde y paciente de las virtudes familiares, y la oración perseverante pueden preparar al cónyuge no creyente a recibir la gracia de la conversión.
IV. Los efectos del sacramento del Matrimonio
1638 "Del matrimonio válido se origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado" (CIC can 1134).
El vínculo matrimonial

1639 El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios (cf Mc 10,9). De su alianza "nace una institución estable por ordenación divina, también ante la sociedad" (GS 48,1). La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: "el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino" (GS 48,2).
1640 Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina (cf CIC can. 1141).
La gracia del sacramento del Matrimonio
1641 "En su modo y estado de vida, los cónyuges cristianos tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios" (LG 11). Esta gracia propia del sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia "se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la acogida y educación de los hijos" (LG 11; cf LG 41).
1642 Cristo es la fuente de esta gracia. "Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del Matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos" (GS 48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Ga 6,2), de estar "sometidos unos a otros en el temor de Cristo" (Ef 5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero:
«¿De dónde voy a sacar la fuerza para describir de manera satisfactoria la dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que confirma la ofrenda, que sella la bendición, que los ángeles proclaman, y el Padre celestial ratifica? [...].¡Qué matrimonio el de dos cristianos, unidos por una sola esperanza, un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio! Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne. Donde la carne es una, también es uno el espíritu (Tertuliano, Ad uxorem  2,9; cf. FC 13).
V. Los bienes y las exigencias del amor conyugal
1643 "El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona —reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad—; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad. En una palabra: se trata de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos" (FC 13).
Unidad e indisolubilidad del matrimonio

1644 El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6; cf Gn 2,24). "Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total" (FC 19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común.
1645 "La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor" (GS 49,2). La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y exclusivo.
La fidelidad del amor conyugal
1646 El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero. "Esta íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, así como el bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble unidad" (GS 48,1).
1647 Su motivo más profundo consiste en la fidelidad de Dios a su alianza, de Cristo a su Iglesia. Por el sacramento del matrimonio los esposos son capacitados para representar y testimoniar esta fidelidad. Por el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio adquiere un sentido nuevo y más profundo.
1648 Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser humano. Por ello es tanto más importante anunciar la buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que los esposos participan de este amor, que les conforta y mantiene, y de que por su fidelidad se convierten en testigos del amor fiel de Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio, con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial (cf FC 20).
1649 Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble (cf FC; 83; CIC can 1151-1155).
1650 Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo ("Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio": Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.
1651 Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados:
«Exhórteseles a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios» (FC 84).
La apertura a la fecundidad

1652 "Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación" (GS 48,1):
«Los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2,18), y que hizo desde el principio al hombre, varón y mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gn 1,28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tienden a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más» (GS 50,1).
1653 La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de la educación. Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos (cf. GE 3). En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida (cf FC 28).
1654 Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.
VI. La Iglesia doméstica
1655 Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la "familia de Dios". Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, "con toda su casa", habían llegado a ser creyentes (cf Hch 18,8). Cuando se convertían deseaban también que se salvase "toda su casa" (cf Hch 16,31; 11,14). Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.
1656 En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, Ecclesia domestica (LG 11; cf. FC 21). En el seno de la familia, "los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada" (LG 11).
1657 Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, "en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras" (LG 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y "escuela del más rico humanismo" (GS 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida.

1658 Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, "iglesias domésticas" y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. «Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están "fatigados y agobiados" (Mt 11,28)» (FC 85).

sábado, 26 de abril de 2014

La Divina Misericordia


JESÚS EN VOS CONFÍO


Deseo que esta imagen sea expuesta en público el primer domingo después de Pascua de Resurrección. Ese domingo es la Fiesta de la Misericordia. A través del Verbo Encarnado doy a conocer el abismo de Mi misericordia.

Con estas palabras Nuestro Señor, le daba a conocer a sor Faustina Kowalska, este deseo de su Sacratísimo Corazón.

La devoción a la Divina Misericordia, se ha extendido en los últimos años, sobre todo durante el pontificado del Beato Juan Pablo II.

Las revelaciones de Jesús a Santa Faustina, son una reafirmación del precepto de comunión y confesión pascual, de la doctrina de los Novísimos y de las tradicionales prácticas de piedad en honor del Corazón de Jesús como así también de la Pasión.

Sin embargo, parece que muchos fieles, sobre todo dentro de la tradición, no creen en estas apariciones o por lo menos las ven con cierto reparo.

Esto se debe sin duda a que durante 20 años, desde 1958 hasta 1978, la difusión de estos mensajes fue prohibida por la Santa Sede. Se atribuyó como causa de esta prohibición a traducciones erróneas del Diario de la vidente. A pesar de ello, la devoción a la imagen de Jesús Misericordioso y a sor Faustina continuaron, ya que estas prácticas no habían sido censuradas.

Si bien, estas son revelaciones privadas, y por tanto no existe obligación alguna de creer en ellas, la Santa Madre Iglesia ha dado su ¨nihil obstat¨.

Por mi parte, doy crédito a estas apariciones, y me uno a todos aquellos que reconociéndose pecadores, se abandonan en la infinita misericordia del Corazón de Jesús. Confío en que por los méritos de la Santa Pasión de nuestro Redentor, nuestros innumerables pecados serán perdonados.

A continuación trascribimos algunas frases de Nuestro Redentor, que Santa Faustina Kowalska escribió en su Diario. Ellas explican en que consiste esta devoción.


Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo deber ser la Fiesta de la Misericordia. Prometo que el alma que venera esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria.


Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Mi misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico. Todo lo que existe ha salido de las entrañas de Mi misericordia. Cada alma respecto a mi, por toda la eternidad meditará Mi amor y Mi misericordia. La Fiesta de la Misericordia ha salido de Mis entrañas, deseo que se celebre solemnemente el primer domingo después de Pascua. La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi misericordia.


Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo a las almas pecadoras. Que el pecador no tenga miedo de acercase a Mi. Me queman las llamas de la misericordia, deseo derramarlas sobre las almas humanas. La desconfianza de las almas desgarra Mis entrañas. Aún mas Me duele la desconfianza de las almas elegidas; a pesar de Mi amor inagotable no confían en Mí. Ni siquiera Mi muerte ha sido suficiente para ellas. ¡Ay de las almas que abusen de ella!

Antes de venir como el Juez Justo, vengo como el Rey de Misericordia. Antes de que llegue el día de la justicia, les será dado a los hombre este signo en el cielo. Se apagara toda luz en el cielo y habrá una gran oscuridad en toda la tierra. Entonces, en el cielo aparecerá el signo de la cruz y de los orificios donde fueron clavadas las manos y los pies del salvador, saldrán grandes luces que durante algún tiempo iluminaran la tierra. Eso sucederá poco tiempo antes del ultimo día.

Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma.

En esa hora puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia.

En esa hora procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan tus deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que esta lleno de misericordia. Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante.


Jesús, en vos confío.




domingo, 30 de marzo de 2014

Los ornamentos de la Misa



Los ministros ordenados de la Iglesia Católica tienen especiales ornamentos, cuando realizan las ceremonias litúrgicas. Dichas vestiduras tienen una profunda significación, si se tiene en cuenta el sentido de las oraciones que el sacerdote y los ministros dicen al revestirse de ellas. Tienen una marcada relación con la Pasión de Nuestro Señor.

El amito es un velo blanco que el sacerdote pasa sobre la cabeza y con el que cubre los hombros. Significa el escudo de salvación; esto es, la confianza en Jesucristo, y nos recuerda el paño con que los soldados cubrieron los ojos del Salvador, para insultarlo. El amito nos recuerda que debemos siempre tener pensamientos puros, combatiendo sobretodo aquellos que nos vienen contra la castidad. Nos recuerda también la modestia de las palabras y el cuidado que debemos tener de no conversar inútilmente en la iglesia.

El alba es una túnica blanca, larga y que desciende hasta los pies del sacerdote. Remite a la túnica blanca con la cual Herodes mandó vestir a Cristo, para decir que era loco. El alba nos recuerda que seremos tildados de locos por el mundo si fuéremos fieles a Nuestro Señor, siguiéndole los pasos y renunciando a las ilusiones de este mundo para alcanzar nuestra recompensa en el Cielo. El hecho de descender el alba hasta los pies significa que debemos perseverar en las buenas obras. Es el símbolo de la pureza que el padre debe tener al rezar la Santa Misa y que los fieles también deben tener al asistir a ella.

El cíngulo es una cuerda con la cual el sacerdote ciñe el alba a la altura de la cintura. Nos remite a los azotes de la flagelación de Nuestro Señor, bien como la cuerda con la cual amarraron a Nuestro Señor para arrastrarlo. Nos recuerda las virtudes de la fortaleza y de la castidad.


El manipulo es un paño que el sacerdote trae en el brazo izquierdo. Su origen está en el hecho de que los filósofos griegos llevaban en el brazo un paño para secar el sudor del rostro cuándo enseñaban en las plazas; bien como en el hecho de que los trabajadores también llevaban un paño en el brazo para secar el sudor del rostro cuando trabajaban. Nos remite a las cuerdas con que ataron las manos de Nuestro Señor. Nos recuerda la autoridad que el sacerdote tiene para predicar la verdad, bien como que debemos trabajar para conseguir el Cielo, haciendo buenas obras. Es un deber del sacerdote no temer ni los sufrimientos ni el trabajo.

La estola es un ornamento que el sacerdote trae en torno del cuello y que cruza sobre el pecho. Nos remite a la Cruz que Nuestro Señor cargó. Ella es el símbolo de la dignidad y del poder del sacerdote, y nos recuerda el respeto que debemos tener para con los padres. El hecho de estar cruzada la estola en el pecho del sacerdote significa también el cambio que los judíos y gentiles hicieron en la crucifixión de Jesucristo, pasando los judíos de la mano derecha a la izquierda y los gentiles de la mano izquierda a la derecha de Dios.

La casulla es un manto abierto de los lados y que el sacerdote pone por cima de todos los otros paramentos. Ornamento de nobleza, es la vestidura real del sacerdote y nos remite al paño rojo con el cual los soldados romanos vistieron a Nuestro Señor, para burlarse (Jn. 19, 1-3). Nos recuerda a virtud de la caridad, que debe animar las nuestras obras y oraciones. Nos recuerda también el yugo de la Cruz de Cristo que asumimos en el Bautismo. Es por eso que generalmente se diseña una cruz atrás de la casulla y por delante la columna de la flagelación.

El sacerdote lleva en sus manos el caliz y la patena, cubiertos con el cubrecaliz, sobre el cual se coloca la bolsa de los corporales.

sábado, 15 de marzo de 2014

Forma Extraordinaria prohibida en Costa Rica


El motivo de este comunicado es dar a conocer de forma resumida la situación en Costa Rica, particularmente en la Arquidiócesis de San José, en relación con la Santa Misa de Siempre, también llamada Misa Tridentina, Misa Tradicional en Latín o Forma Extraordinaria del Rito Romano.



Mons. Barrantes
Arzobispo emérito

   Una Voce Costa Rica, miembro de la Foederatio Internationalis Una Voce, agrupación con aprobación de la Santa Sede, ha venido trabajando en los últimos años para que todos los católicos de Costa Rica puedan disfrutar de aquello que en la carta que acompaña al Motu Proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI se le llamó:“un tesoro precioso que hay que conservar”.

   Desde finales de 2010, en aquel entonces como Agrupación San Pío V y hoy en día como Una Voce Costa Rica, contactamos a varios sacerdotes diocesanos que se encontraban muy interesados en aprender a celebrar la Santa Misa y que se motivaron más cuando comprobaron que era una iniciativa seria, y que la misma era impulsada en su mayoría por jóvenes. Desde un inicio consideramos muy importante poner nuestro proyecto bajo el cuidado pastoral de nuestro señor Arzobispo (Su Excelencia Hugo Barrantes) y por ello le contactamos y pedimos una audiencia, la cual tuvo lugar a finales de 2011. El Señor Obispo fue breve. Básicamente nos conoció y nos dijo que buscáramos a sacerdotes interesados. Eso hicimos y unos tres meses después solicitamos una segunda reunión donde le presentamos un listado de sacerdotes, al mismo tiempo que le notificamos que teníamos todos los implementos básicos para la celebración (Misal, Sacras, etc). El Señor Obispo en esa misma reunión designó al Padre German Rodriguez (Párroco en las afueras de San José) como supervisor para todo lo relacionado a la Misa.




Misa en Escazú
(a puerta cerrada, en secreto) 


      Iniciamos ensayos junto con los sacerdotes interesados para aprender a celebrar la Santa Misa. Luego de muchos días y mucho tiempo invertido uno de ellos (el Padre Jose Pablo Tamayo) se sentía completamente preparado para celebrar y así procedimos a tener la primera Misa, en la Iglesia La Merced (donde nos encontrábamos ensayando). Desde ese momento empezaron los problemas con varios sectores del clero, al punto que no teníamos sitio para celebrar (ni aún cuando celebrábamos de forma totalmente privada). Se nos dijo que La Merced era solamente para ensayos y no para Misas reales, y así la que sería nuestra segunda Misa se canceló minutos antes de iniciar. Fue ahí cuando el Padre German nos facilitó un altar lateral en su parroquia siempre y cuando fuera en día sábado y a puerta cerrada. Nadie debía enterarse de lo que ahí ocurría, al grado que inclusive fuimos amonestados una vez por llevar mucha gente (en su mayoría amigos y familiares).




Primera Misa en La Merced
(a puerta cerrada, en secreto) 

                         
       También se nos pidió que no diéramos a conocer fotos. Inicialmente pensamos que la diócesis quería prudencia y tener seguridad de que la Misa se estaba celebrando correctamente (lo cual es una preocupación válida y sabia, que cualquier persona con amor a la liturgia debería tener). Pasaron los meses, existía una perfección en la forma de celebrar, comprobada inclusive por un sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (Padre Kenneth Fryar, FSSP ) y la situación no cambió. Tampoco tuvimos nunca el privilegio de tener presente en dichas Misas al Padre German, delegado del Obispo y párroco de esa iglesia, pues él se retiraba a sus labores cuando iniciábamos. 




Actual Arzobispo
Mons. José Rafae
l

        Luego de varios meses y viendo que habían muchos fieles interesados pero que no se les permitía asistir, solicitamos por medio de una carta al Padre German Rodriguez que se nos permitiera celebrar de forma pública al menos todos los domingos del mes, y en una Iglesia en la ciudad capital, y no en las afueras como hasta el momento se había dado (para facilidad de todos los fieles que venían de todo el país). También expresamos que podría perfectamente ser a una hora donde no hubiera Misa para no afectar así los horarios que ya existían. Nunca recibimos respuesta a esta carta. Volvimos a solicitar al menos dos veces más y tampoco recibimos respuesta. Al no haber comunicación efectiva con el sacerdote delegado del Arzobispo, decidimos de nuevo volver a contactar directamente a Monseñor Hugo Barrantes. Lo tratamos de contactar por medio de cartas (de las cuales tenemos copia sellada) al menos tres veces sin recibir respuesta alguna. En enero 2013 entregamos de forma personal (un miembro de Una Voce Costa Rica viajó al Vaticano) el expediente detallado y completo de todas las cartas y demás pruebas a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei. A mitad de año (ya con el Papa Francisco) el señor Leo Darroch, Presidente de la FIUV, tuvo una reunión en la Comisión Ecclesia Dei y confirmó que tenían nuestro expediente. Hasta el día de hoy (Marzo 2014) no tenemos respuesta alguna ni del Arzobispo, ni de Ecclesia Dei, ni de ninguna otra autoridad. También a finales de Agosto, cuando asumió las riendas de la diócesis el nuevo Arzobispo, Monseñor José Rafael Quirós, le contactamos y de nuevo jamás obtuvimos respuesta alguna a nuestras cartas.

     De forma general también hemos sido testigos del como ningún párroco se atreve a autorizar la Santa Misa sin el permiso expreso del señor Arzobispo, aún cuando tienen el permiso general que otorga la ley de la Iglesia (desde Quo Primum Tempore hasta Summorum Pontificum). Tampoco ningún sacerdote, con la excepción de uno, se atreven a celebrar el rito tradicional si no existe autorización del Arzobispo, aún cuando la ley de la Iglesia es enfática al decir que no se requiere de ningún permiso de ningún superior.

     Cabe mencionar que antes de la primera reunión con el Señor Obispo, un sacerdote de Ecclesia Dei, el Padre Mark Withoos, había visitado el país en sus vacaciones por invitación de varios fieles tanto de nuestra agrupación como del exterior. La Santa Misa que él celebraría fue cancelada a última hora, y luego de una reunión con el Arzobispo se le confirmó que solo podría celebrar en privado y sin la participación de los fieles que habían sido originalmente invitados a la que habría sido una Misa pública.

    Debido a todo lo anterior los fieles en Costa Rica no pueden gozar por medio de la arquidiócesis del tesoro espiritual que es la Santa Misa de Siempre, tesoro que tienen derecho de recibir, tesoro que no puede ser prohibido por ningún arzobispo, creándose así un estado de necesidad escandaloso y sin precedentes en la historia de la arquidiócesis. En nuestro país existe una prohibición silenciosa, de facto, contra la Misa que vivieron todos los santos, desde San Gregorio Magno, a San Francisco de Asís, al Cura de Ars, y culminando con el Padre Pío. Una Voce Costa Rica seguirá luchando para que las normas y leyes de la Iglesia se cumplan en nuestro país, teniendo siempre en mente que la ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas.


Hacemos de las palabras de San Atanasio nuestra esperanza:


“Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos, entonces, poseen los templos. Vosotros, en cambio, la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que allí se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia, descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que permanece inconfusa.Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al contrario, esos mismos contenidos de la Fe que ellos han querido desplazar, los han destruido a ellos... pero, repito, cuanto mayor es el empeño de éstos por dominar la Iglesia, tanto más están fuera de ella. Creen estar dentro de la verdad, aunque en realidad están excluidos de ella, prisioneros de otra cosa, mientras la Iglesia, desolada, sufre la devastación de estos supuestos benefactores”


(Extracto de la Carta de San Atanasio a los Católicos que Sufrían en Manos de los Herejes Arrianos)

jueves, 13 de marzo de 2014

sábado, 15 de febrero de 2014

Jean Madiran y la “Historia de la Misa prohibida”



(de Roberto de Mattei, traducciòn de Tradición Digital ) No es quizá una casualidad que Jean Madiran haya fallecido, el 31 de julio de 2013, con 93 años de edad, justo mientras en la Iglesia estallaba el “caso” de los Franciscanos de la Inmaculada. En efecto, los Frailes franciscanos del padre Stefano Manelli se encuentran hoy viviendo un drama que Madiran y otros pioneros de la resistencia católica contra el progresismo vivieron en los años setenta del siglo XX, tras la promulgación del Novus Ordo Missae de Pablo VI.
Jean Madiran, seudónimo de Jean Arfel, nació el 14 de junio de 1920 en Libourne, en el departamento de la Gironda y, desde su más temprana juventud, se hizo notar por sus talentos de escritor y periodista. Se acercó a Charles Maurras, pero una profunda conversión intelectual lo llevó a redescubrir el pensamiento de santo Tomás de Aquino, bajo el magisterio de maestros como Etienne Gilson y Charles Koninck. Con 36 años, en 1956, creó la revista “Itinéraires”, destinada a ser, durante casi cuarenta años, el punto de referencia del mundo de la Tradición en Francia y, en 1982, fundó el diario “Présent” en el que ha seguido publicando sus lúcidos artículos editoriales hasta pocas semanas antes de la muerte. Fue, junto con Augusto Del Noce, Alain Besançon y otros pocos, uno de los estudiosos más agudos de las raíces ideológicas del comunismo (especialmente con La vieillesse du monde, Dominique Martin Morin, 1966), pero sobre todo fue un observador implacable de los procesos de autodemolición de la Iglesia en obras como L’Héresie du XX siècle (Nouvelles Editions Latines, 1968) y La révolution copernicienne dans l’Eglise (Editions de Paris, 2004).
La herejía del siglo XX salió en Francia en 1968 y fue el primer libro que se tradujo al italiano, en 1972, publicado por la editorial de Giovanni Volpe. En esta obra, en la que dijo que había manifestado todas las razones de la batalla intelectual de su vida (“Présent”, 13-14 de mayo de 1988), Madiran denuncia el alejamiento de la doctrina social de la Iglesia por parte del episcopado francés, viendo en esto una de las principales causas de la crisis de su tiempo. En 2011 se tradujeron al italiano otras dos obras suyas muy significativas: L’accordo di Metz tra Cremlino e Vaticano [El acuerdo de Metz entre el Kremlin y el Vaticano] (Editore Pagine) y La destra e la sinistra [La derecha y la izquierda] (Fede e Cultura). Justo en ese año Jean Madiran estuvo en Italia, invitado por la Fundación Lepanto, sorprendiendo a los que le encontraron por su vigor intelectual y por el conocimiento que tenía de las obras críticas sobre el Concilio Vaticano II recientemente publicadas en Italia.

Pero en estos días, Madiran merece ser recordado también por su indómita defensa de la Misa tradicional, de la que trazó la historia en su libro Histoire de la Messe interdite [Historia de la Misa prohibida] (2 voll., Via Romana, 2007 y 2009). Tras la Constitución Apostólica Missale Romanum con la que Pablo VI, el 3 de abril de 1969, introdujo la nueva Misa, el 12 de noviembre de ese mismo año apareció en Francia un decreto, firmado por el cardenal Marty,presidente de la Conferencia Episcopal, con el cual se establecía el uso obligatorio del nuevo Ordo Missae, en francés, a partir del 1 de enero de 1970. Esto conllevaba que la Misa tradicional, vigente desde hace siglos, estaría prohibida desde el 31 de diciembre de 1969. Empezó entonces una batalla que aún no ha concluido.
Recuerda Madiran que desde los años cincuenta del siglo XX, los obispos y los teólogos franceses se habían distanciado de la Iglesia de Roma, acusándola de ser prisionera de una escuela teológica y jurídica represiva. El Vaticano II brindó la ocasión para lanzar un ataque sistemático a la escuela teológica romana y también para contribuir al vuelco litúrgico de Pablo VI, sensible, desde su juventud, a las sugestiones de los ambientes progresistas franceses. Cuando se inauguró el Concilio Vaticano II, en octubre de 1962, padre Yves Congar, futuro cardenal, lo definió entusiasta “la Revolución de octubre de la Iglesia” (refiriéndose a la Revolución de octubre leninista de 1917): una Revolución que no tuvo su punto culminante en los documentos del Concilio, sino en la Reforma litúrgica que los siguió.
Cuando, en abril de 1969, el nuevo Ordo Missae entró en vigencia, unos eminentes miembros de la jerarquía desarrollaron una persuasiva crítica. Los cardenales Ottaviani y Bacci presentaron a Pablo VI un Breve examen crítico del Novus Ordo Missae redactado por un selecto grupo de teólogos de varios países, en el cual se afirmaba que “el Novus Ordo Missae (…) representa, tanto en su conjunto con en los particulares, un impresionante alejamiento de la teología católica de la Santa Misa, tal y como fue formulada en la sesión XXII del Concilio Tridentino el cual, fijando definitivamente los ‘cánones’ del rito, erigió una barrera infranqueable contra cualquier herejía que intentara menoscabar la integridad del misterio”. La crítica del Novus Ordo fue sucesivamente desarrollada por muchos estudiosos laicos, entre ellos: el francés Louis Salleron, el inglés Michael Davies, el brasileño Arnaldo Xavier da Silveira. En Francia, Jean Madiran fue un convencido difusor del Breve examen crítico y recogió en su “Itinéraires” las voces de todos aquellos que, en conciencia, consideraban no poder aceptar la Nueva Misa. Un eminente canonista, el abad Raymond Dulac, volvió a publicar en abril de 1972, con un esmerado comentario suyo, la bula Quo primum (1570) de san Pío V, demostrando cómo la Constitución Missale Romanum de Pablo VI no había abrogado y no podía abrogar la bula tridentina, que garantizaba a la Misa restaurada por el Papa Ghislieri un perpetuo indulto-privilegio.
En enero de 1973 apareció en la revista “Itinéraires” una carta-llamamiento de Madiran dirigida a Pablo VI, del 21 de octubre de 1972, que iniciaba con estas palabras: “Beatísimo Padre, devuélvanos la Escritura, el catecismo y la Mesa, que, cada día más, nos sustrae una burocracia colegial, despótica e impía que, con razón o injustamente, pero sin ser nunca desmentida, pretende imponerse en nombre del Vaticano II y de Pablo VI. Devuélvanos la Misa católica tradicional, latina y gregoriana, según el Misal Romano de san Pío V. Usted permite que se diga que la habría prohibido. Pero ningún pontífice podría, sin abusar del poder, vedar un rito milenario de la Iglesia católica, canonizado por el Concilio de Trento. Si efectivamente se produjera tal abuso de poder, la obediencia a Dios y a la Iglesia sería resistir y no sufrirlo en silencio”. La carta fue sucesivamente co-firmada y comentada por ilustres personalidades como Alexis Curvers, Marcel De presidente de la Conferencia Episcopal, con el cual se establecía el uso obligatorio del nuevo Ordo Missae, en francés, a partir del 1 de enero de 1970. Esto conllevaba que la Misa tradicional, vigente desde hace siglos, estaría prohibida desde el 31 de diciembre de 1969. Empezó entonces una batalla que aún no ha concluido.
Recuerda Madiran que desde los años cincuenta del siglo XX, los obispos y los teólogos franceses se habían distanciado de la Iglesia de Roma, acusándola de ser prisionera de una escuela teológica y jurídica represiva. El Vaticano II brindó la ocasión para lanzar un ataque sistemático a la escuela teológica romana y también para contribuir al vuelco litúrgico de Pablo VI, sensible, desde su juventud, a las sugestiones de los ambientes progresistas franceses. Cuando se inauguró el Concilio Vaticano II, en octubre de 1962, padre Yves Congar, futuro cardenal, lo definió entusiasta “la Revolución de octubre de la Iglesia” (refiriéndose a la Revolución de octubre leninista de 1917): una Revolución que no tuvo su punto culminante en los documentos del Concilio, sino en la Reforma litúrgica que los siguió.
Cuando, en abril de 1969, el nuevo Ordo Missae entró en vigencia, unos eminentes miembros de la jerarquía desarrollaron una persuasiva crítica. Los cardenales Ottaviani y Bacci presentaron a Pablo VI un Breve examen crítico del Novus Ordo Missae redactado por un selecto grupo de teólogos de varios países, en el cual se afirmaba que “el Novus Ordo Missae (…) representa, tanto en su conjunto con en los particulares, un impresionante alejamiento de la teología católica de la Santa Misa, tal y como fue formulada en la sesión XXII del Concilio Tridentino el cual, fijando definitivamente los ‘cánones’ del rito, erigió una barrera infranqueable contra cualquier herejía que intentara menoscabar la integridad del misterio”. La crítica del Novus Ordo fue sucesivamente desarrollada por muchos estudiosos laicos, entre ellos: el francés Louis Salleron, el inglés Michael Davies, el brasileño Arnaldo Xavier da Silveira. En Francia, Jean Madiran fue un convencido difusor del Breve examen crítico y recogió en su “Itinéraires” las voces de todos aquellos que, en conciencia, consideraban no poder aceptar la Nueva Misa. Un eminente canonista, el abad Raymond Dulac, volvió a publicar en abril de 1972, con un esmerado comentario suyo, la bula Quo primum (1570) de san Pío V, demostrando cómo la Constitución Missale Romanum de Pablo VI no había abrogado y no podía abrogar la bula tridentina, que garantizaba a la Misa restaurada por el Papa Ghislieri un perpetuo indulto-privilegio.

En enero de 1973 apareció en la revista “Itinéraires” una carta-llamamiento de Madiran dirigida a Pablo VI, del 21 de octubre de 1972, que iniciaba con estas palabras: “Beatísimo Padre, devuélvanos la Escritura, el catecismo y la Mesa, que, cada día más, nos sustrae una burocracia colegial, despótica e impía que, con razón o injustamente, pero sin ser nunca desmentida, pretende imponerse en nombre del Vaticano II y de Pablo VI. Devuélvanos la Misa católica tradicional, latina y gregoriana, según el Misal Romano de san Pío V. Usted permite que se diga que la habría prohibido. Pero ningún pontífice podría, sin abusar del poder, vedar un rito milenario de la Iglesia católica, canonizado por el Concilio de Trento. Si efectivamente se produjera tal abuso de poder, la obediencia a Dios y a la Iglesia sería resistir y no sufrirlo en silencio”. La carta fue sucesivamente co-firmada y comentada por ilustres personalidades como Alexis Curvers, Marcel De Corte, Henri Rambaud, Louis Salleron, Eric de Saventhem, Jacques Trémolet de Villers, en un volumen, de extrema actualidad, intitulado Réclamation au Saint-Père (Nouvelles Editions Latines, 1974).
Para Madiran el problema de la Misa estaba estrictamente vinculado al del catecismo y de la Sagrada Escritura. De hecho, la prohibición de la Misa había sido precedida por la interdicción general en las diócesis francesas de todos los catecismos pre-conciliares, especialmente del áureo catecismo de san Pío X. Durante 27 años, desde 1956 hasta 1992, año en el que fue promulgado por Juan Pablo II el nuevo Catecismo de la Iglesia católica, la Iglesia francesa quedó sin catecismo y, por lo tanto, sin impartir ninguna educación religiosa a los niños. Estas prohibiciones venían acompañadas, y aún se acompañan, de un vandalismo exegético que tergiversa la Sagrada Escritura. Basta con decir que los comentaristas de la Biblia en versión francesa consideran que todas las palabras de Jesús recogidas en los Evangelios fueron inventadas después de su muerte. Además, desde 1965, la palabra “consustancial”, introducida en el lenguaje dogmático por el Concilio de Nicea (325), ha sido proscrita por los obispos franceses. Desde hace cincuenta años, cuando se recita el Credo, ya no se dice “de la misma sustancia”, sino “de la misma naturaleza”, aduciendo el absurdo pretexto de que el término “sustancia” habría cambiado de significado con el tiempo. Lo cual lleva a vaciar el dogma central del Cristianismo, expresado con el término “transustanciación”.
La protesta de Madiran y de los teólogos de “Itinéraires” acabó con el llamamiento dirigido a Pablo VI, el 6 de julio de 1971, y suscrito por cincuenta y siete exponentes del mundo cultural inglés, entre los que destaca la famosa escritora Agatha Christie (véanse el ensayo de Gianfranco Amato, L’indulto di Agata Christie, Come si è salvata la Messa tridentina in Inghilterra, Fede e Cultura, 2013). Todos ellos pedían a la Santa Sede “que considerara con la máxima gravedad cuál tremenda responsabilidad tendría que asumir ante la historia del espíritu humano si no accediera a dejar vivir en perpetuo a la Misa tradicional”. Entre los firmantes, había un centenar de eminentes personalidades de todo el mundo, entre los cuales, además de los escritores ingleses Agatha Christie, Robert Graves, Graham Green, Malcolm Mudderidge, Bernard Wall, destacaban Romano Amerio, Augusto Del Noce, Marcel Brion, Julien Green, Yehudi Menuhin, Henri de Montherlant, Jorge Luis Borges. El llamamiento de los fieles de todos los países que pedían el restablecimiento de la Misa tradicional, o al menos la “par condicio” para ella, empezaron a multiplicarse sobre todo gracias a la iniciativa de la asociación “Una Voce”. Se hicieron tres peregrinajes internacionales de los católicos hasta Roma para reconfirmar la fidelidad a la Misa y al catecismo de san Pío V.

Este amplio movimiento de resistencia se desarrolló entre 1969 y 1975, bastante antes de la explosión del así llamado “caso Lefebvre”, estallado el 29 de junio de 1976, cuando el arzobispo francés confirió el subdiaconado y el sacerdocio a 26 de sus seminaristas, incurriendo así en la “suspensión a divinis”. El año siguiente, durante una memorable conferencia dada en Roma, en Palacio Pallavicini, Mons. Lefebvre planteó unas preguntas que aún no han recibido respuesta: “¿Cómo puede ser que, continuando a hacer lo que yo mismo he hecho durante 50 años de mi vida, con las congratulaciones, con los alicientes de los Papas, y en particular del Papa Pío XII que me honraba con su amistad, que yo me encuentre hoy a ser considerado un enemigo de la Iglesia? (…) No creo que una cosa parecida sea posible ni concebible. Por lo tanto hay algo que ha cambiado en la Iglesia, algo que ha sido cambiado por los hombres de la Iglesia, en la historia de la Iglesia”. Mons. Lefebvre, presentado erróneamente como el “jefe” de los tradicionalistas, en realidad fue sólo la expresión más visible de un fenómeno que iba mucho más allá de su persona y que ahondaba sus raíces y su causa primera en los problemas levantados por el Concilio Vaticano II y su aplicación.
En los 14 años del pontificado de Pablo VI (1963-1978), el “partido montiniano” ocupó todas las posiciones de poder, desde la cumbre de la Curia romana hasta la presidencia de las conferencias episcopales. El proceso de autodemolición de la Iglesia se hizo dramático y Juan Pablo II heredó una situación ingobernable. Pero, a partir de su pontificado, la hostilidad contra la Misa tradicional empezó a disminuir de manera imperceptible. El Papa formó una comisión secreta compuesta por 8 cardenales, para estudiar la cuestión litúrgica. Éstos concluyeron que no existían razones, ni teológicas ni jurídicas, que permitieran prohibir el Rito tridentino. El 3 de octubre de 1984, la carta Quattuor abhinc annos, que la Congregación del Culto divino dirigió a los presidentes de las conferencias episcopales, decretó un indulto, para permitir la celebración de la Misa tridentina, que hasta ese momento se había considerado vedada. La inmensa mayoría de los obispos rehusó aplicar esta disposición y Juan Pablo II, en la carta Ecclesia Dei del 2 de julio de 1988, posterior a la ruptura entre Roma y la Fraternidad San Pío X, intimó respetar “el ánimo de todos aquellos que se sienten vinculados a la tradición litúrgica latina, mediante una amplia y generosa aplicación de las directrices, emanadas desde hace ya tiempo por la Sede apostólica, para la utilización del Misal Romano según la edición típica de 1962”.

También el resultado de esta disposición fue decepcionante, a causa del terco obstruccionismo de los obispos. El cardenal Ratzinger, que había siempre puesto la liturgia en el centro de sus intereses (véase: La questione liturgica. Atti delle “giornate liturgiche di Fontgombault”, 22-24 de julio de 2001, Nova Millennium, 2010), una vez elegido Papa decidió regular personalmente la cuestión y el 7 de julio de 2007 promulgó el Motu Proprio Summorum Pontificum, con el que restituía libero y pleno derecho de ciudadanía al Rito Romano antiguo. Tras casi cuarenta años, los “resistentes” de los años setenta veían por fin premiados sus esfuerzos. “El domingo pasado –escribía Madiran el 6 de septiembre de 2007– he vuelto, y no era el único, a la iglesia que se encuentra a unos pasos de mi casa, en vez de hacer veinte kilómetros de ida y veinte de vuelta. Ciertamente, lo importante no es que hayamos vuelto nosotros, sino que haya vuelto la Misa. ¡Qué gracia!” (Chroniques sous Benoît XVI, Via Romana, 2010, p. 197).
La Iglesia a la que Benedicto XVI ha devuelto la Misa tradicional es una Iglesia enferma, ocupada en sus más altos cargos por prelados progresistas, que continúan em servirse del Concilio Vaticano II como de una maza para golpear a sus enemigos. Es éste el caso de los Franciscanos de la Inmaculada, injustamente golpeados por su apego a la Misa tradicional con un decreto que representa una violación de las leyes universales de la Iglesia, en particular del Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI, nunca abrogado, que concede a todo sacerdote la libertad de celebrar la Misa según la forma llamada “extraordinaria”.

La Madre María Francisca de las Hermanas Franciscanas de Città di Castello, en su ensayo sobre Los orígenes apostólico-patrísticos de la Misa Tridentina (en Il Motu proprio “Summorum Pontificum” di S.S. Benedetto XVI. Una speranza per tutta la Chiesa, vol. 3, ed. de P. Vincenzo Nuara O.P., Fede e Cultura, 2013, pp. 93-135 y también en http://unafides33.blogspot.com.es/2013/05/le-origini-apostolico-patristiche-della.html), ha documentado de modo exhaustivo cómo el Rito vigente hasta 1969 se remonta, en sus elementos esenciales, al Papa san Gregorio Magno y de éste, sin saltos, a los tiempos apostólicos, para reconectarse con la Última Cena y el sacrificio cruento de Jesucristo, del que cada Misa es representación incruenta. En el libro La Réforme liturgique en question, que en su edición francesa (Editions Sainte-Madeleine, 1992) luce una introducción del card. Ratzinger, mons Klaus Gamber, el gran liturgista alemán hacia el cual Papa Benedicto XVI ha demostrado siempre gran admiración, afirma que ningún Papa tiene el derecho de cambiar un Rito que se remonta a la Tradición Apostólica y que se ha formado en el curso de los siglos, cual es la así llamada Misa de san Pío V. A la plena et suprema potestas del Papa se le ponen claramente unos límites y Gamber llega a escribir, citando a los teólogos Suarez y Cayetano, que “un Papa se convertiría en cismático si no se quisiera mantener, como es su deber, en unión y conexión con el cuerpo entero de la Iglesia, al punto de intentar excomulgar a la Iglesia entera o de cambiar los Ritos confirmados por la Tradición Apostólica” (ivi, p. 37).

El Motu Proprio de Benedicto XVI ha aclarado que el Rito Romano tradicional de la Misa nunca ha sido (ni podía haber sido) abrogado y que la nueva Misa de Pablo VI es facultativa: como tal se la puede criticar y rechazar. Ningún sacerdote está obligado a celebrar la nueva Misa o a no celebrar libremente la Misa tradicional. Cualquier decreto u ordenanza que quisiese imponer la nueva Misa entrañaría un abuso que habría que denunciar y rechazar. Jean Madiran ha demostrado, con su ejemplo intelectual, cuán amplio y legítimo sea el espacio de la resistencia católica a las órdenes injustas. Él no fue una voz aislada. A sus exequias, celebradas según el Rito “extraordinario” por el padre abad de Barroux, Dom Louis Marie, acudieron los exponentes de las principales comunidades tradicionales, desde la Fraternidad San Pedro al Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote, del Instituto del Buen Pastor a la Fraternidad San Pío X. Jean Madiran, que se definió un “testigo de cargo contra su propio tiempo” (Entrevista del abad Guillaume de Tanoüarn, en “Certitudes”, julio-septiembre de 2002), fue antes que nada un católico militante. Hasta los últimos días de su vida, reivindicó con orgullo su ascendencia cultural y espiritual, reconociéndose en aquella escuela católica contra-revolucionaria, llamada “ultramontana”, por su fidelidad al Primado Romano, que en Francia cuenta entre sus principales representantes a Louis Veuillot, dom Guéranger, y el cardenal Pie. De esta escuela de pensamiento, no sólo francesa, él resumió los principios y trazó una amplia genealogía (L’école (informelle) contre-révolutionnaire, “Présent” 18 de febrero de 2011). Quienes critican con pedantería al mundo tradicional italiano, como han hecho, el 6 de agosto, Gianni Gennari en “Il Foglio” y Paolo Rodari en “La Repubblica”, no se dan cuenta de que este mundo tienes raíces intelectuales profundas y manifiesta su vitalidad justo en ocasiones de controversias, como la actual que afecta a los Franciscanos de la Inmaculada y la Misa tradicional. Al fin y al cabo, cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente, pertenece a un partido, a una escuela, a una familia de almas. En la vida se trata de elegir de qué parte estar. Jean Madiran estaría en el bando de todos aquellos que hoy siguen manifestando con firmeza su inquebrantable fidelidad al Rito Romano antiguo. (de  Roberto de Mattei, traducciòn de Tradición Digital)

jueves, 6 de febrero de 2014