jueves, 18 de septiembre de 2008

Conocer la verdad historica sobre Pio XII


CIUDAD DEL VATICANO, 18 SEP 2008 (VIS).-El Papa recibió este mediodía en Castelgandolfo a los participantes en un simposio sobre la figura y la acción pastoral y humanitaria de Pío XII, promovido por la “Pave the Way Foundation”, cuyo presidente es Gary Krupp.


Tras recordar que ha transcurrido medio siglo de la muerte del Siervo de Dios Pío XII (9 octubre 1958), el Santo Padre afirmó que “se han escrito y se han dicho muchas cosas sobre él en estos cinco decenios, pero no siempre se han enfocado correctamente los diferentes aspectos de su multiforme acción pastoral”.


“El objetivo de vuestro simposio ha sido precisamente colmar algunas de estas lagunas mediante un análisis documentado sobre muchas de sus intervenciones, sobre todo aquellas a favor de los judíos, que en aquellos años eran perseguidos en toda Europa de acuerdo con el plan criminal de los que querían eliminarlos de la faz de la tierra”.


Benedicto XVI subrayó que “cuando se estudia sin prejuicios ideológicos la noble figura de este Papa (...) se aprecia la sabiduría humana y la intensidad pastoral que lo guiaron en su largo ministerio, y de modo particular en la organización de las ayudas al pueblo judío”.


Gracias a la documentación recogida y a los “testimonios acreditados”, el simposio, continuó, “ofrece a la opinión pública la posibilidad de conocer mejor lo que Pío XII realizó a favor de los judíos perseguidos por los regímenes nazi y fascista”.


El Papa puso de relieve que en los trabajos del simposio habían destacado “las numerosas intervenciones realizadas secreta y silenciosamente, precisamente porque dadas las situaciones concretas de aquel difícil momento histórico, solo de esa manera era posible evitar lo peor y salvar al mayor número posible de judíos”. La “valiente y paterna dedicación” del pontífice “fue reconocida y apreciada durante y después de la terrible guerra mundial por comunidades y personalidades judías, que manifestaron su gratitud por lo que había hecho por ellos”.


El Santo Padre dio las gracias a la “Pave the Way Foundation” por “la constante acción en promover las relaciones y el diálogo entre las religiones, de modo que ofrezcan un testimonio de paz, de caridad y de reconciliación”.


“Espero que este año en que se conmemora el 50 aniversario de la muerte de Pío XII -concluyó- ofrezca la oportunidad de promover estudios más profundos sobre varios aspectos de su persona y de su actividad, para conocer la verdad histórica, superando todos los prejuicios restantes”.



Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

nichaneguiridlian@gmail.com

martes, 16 de septiembre de 2008

Fotos de la Santa Misa en Mar del Plata








Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
nichaneguiridlian@gmail.com


miércoles, 10 de septiembre de 2008

Santa Misa en Mar del Plata


Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
En el primer aniversario de la vigencia del Motu Proprio "Summorum Pontificum"

Se los invita a participar de la Santa Misa, que se celebrará según la Forma Extraordinaria del Rito Latino, el domingo 14 de septiembre a las 17 horas en la Capilla Divino Rostro, calles Almafuerte y Sarmiento.

Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

domingo, 7 de septiembre de 2008

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Nos autem gloriari opórtet in Cruce Dómini nostri Iesu Christi”.

(Debemos gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo)

Con esta frase de San Pablo a los Gálatas, comienza la Santa Misa de este día. El Apóstol y la Iglesia con él, nos exhortan, a gloriarnos en la Cruz del Señor. Precisamente esto, es lo que hacemos en cada Misa. Celebramos el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Asistimos a la renovación del único y divino sacrificio del Calvario.

A fin de hacer más patente esta realidad, la Cruz preside nuestros altares, en medio de los cirios. A ella se dirigen las miradas del sacerdote y los fieles. A ella se la honra con reverencias y nubes de incienso. A sus pies se anuncia al Evangelio y se consagran las Especies Sacramentales.

Posemos nuestra mira en esa Cruz. De ella pende un hombre agonizante. Su rostro refleja un dolor atroz. Su cabeza está coronada de espinas. Sus manos y pies, traspasados por tres clavos, que lo fijan al madero. Su costado, está abierto por un golpe de lanza. De él ha brotado sangre y agua. Su cuerpo está enteramente llagado. La sangre, parece querer cubrir la desnudez a la que los verdugos lo han expuesto. Un hombre que ha sido humillado, golpeado y torturado hasta la muerte, colgado del patíbulo. Este es el Dios de los cristianos. Está en la cruz por amor.

La Cruz es el signo del inmenso amor de Dios por lo hombres. Por medio de ella, podemos llegar a enteneder de algún modo, la infinita misericordia de Dios. Santa Edith Stein afirma: "No hay inteligencia humana que nos pueda ayudar, sino unicamente la pasión de Cristo". Sólo a la luz del misterio de la Cruz podremos comprender lo desordenado y horrendo del pecado.

La desobediencia de nuestros primeros padres, renovada en cada pecado que cometemos, constituye una ofensa imposible de reparar para el género humano. El pecado, entraña una injusticia infinita, pues infinitamente justo es aquel a quien se está ofendiendo. El pecado, abrió un abismo entre el hombre y Dios, que antes estaban unidos. Las puertas del Cielo quedaron cerradas para los miembros de la raza humana.

El misterio de Jesús crucificado está intimamente unido al misterio de la encarnación del Verbo, siendo una prolongación del mismo. Nuestro Señor, viene al mundo para sacrificarse por nuestra redención. Dios podría haber exterminado al género humano en razón de su desobediencia, pero por su infinita misericordia no lo hizo. Envió a su propio Hijo, que se encarnó y se entregó a la muerte en la cruz. Con ella, Cristo reparó por el pecado del hombre, restauró la unión entre éste y Dios, y nos abrió las puertas del cielo para siempre. “Su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación”, enseña el Concilio de Trento.

En la Cruz, dice San León Magno, la sangre del Cordero inmaculado borraba la mancha de la antigua preparicación; en ella se quebraba toda la pertináz audacia de la dominación diabólica, y la vencedora humildad de Jesucristo triunfaba sobre la hinchada soberbia de Lucifer. En concecuencia, la muerte de Cristo en la cruz es fuente de vida para el género humano. Por ella, la deuda contraída por Adán y Eva, fue cancelada para siempre. En este día, la Santa Madre Iglesia, pone en boca del celebrante al cantar el prefacio, estas palabras: “has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro”.

El sacrificio de Cristo, ha transformado para siempre la realidad de la Cruz. Lo que en otro tiempo ha sido un instrumento de dolor y tortura, al que los hombres tenían temor y repulsión; es hoy un signo venerable de esperanza y felicidad para la humanidad. La Cruz, ha sido desde entonces, el signo del cristiano. A ella, los hombres asociarán sus propias cruces, sabiendo que el mismo Jesucristro, quiso compartir sus propios sufrimientos. Bajo el signo de la Cruz, comenzarán y terminarán el día, el trabajo, el descanso, la oración, y las ceremonias de culto de los católicos. En la Cruz, se depositarán los dolores, las alegrías y las esperanzas de los fieles de todos los tiempos. En ella se hallará consuelo en el sufrimiento, alegría en la tristeza, compañía en la soledad y fortaleza en la debilidad. Con el paso de los siglos, la Santa Cruz, estará presente en las torres de las iglesias, en los hogares cristianos, en el cruce de los caminos, en las cumbres de las montañas, sobre el pecho de los obispos, en las tumbas de los muertos y sobre todo, en los altares.

La Santa Cruz será objeto de culto y devoción. Se la expondrá en los templos. Se la representará adornada ricamente. El culto a la Cruz, llevará a los cristianos a ir en busca de las reliquias de la verdadera cruz, donde Jesús consumó el sacrificio redentor.

El 14 de septiembre del año 335, fue dedicada la basílica levantada por el emperador Constantino en el monte Calvario, en el lugar donde su madre, Santa Elena encontró la cruz del Señor y las de los dos ladrones. La fiesta de hoy, que celebramos con el nombre de Exaltación de la Santa Cruz conmemora, a la vez, la recuperación de las reliquias de la Cruz obtenida en el año 614 por el emperador Heraclio, quien la logró rescatar de los persas que la habían robado de Jerusalén.

La Cruz es motivo de gloria para los cristianos, pues en ella, Cristo Señor Nuestro, entregó su vida en sacrificio para la redención del mundo, para restaurar nuestra antigua dignidad. La muerte de Cristo en la cruz y su Resurrección de entre los muertos, es el centro y raíz de nuestra Fe. La Santa Madre Iglesia, nos enseña que la Santa Misa es la renovación de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. El concilio de Trento afirma: “El Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa son un solo y mismo Sacrificio.”
En el altar de la cruz, el Hijo de Dios se ofreció como una víctima sangrienta; en al Santa Misa se ofrece de nuevo: de donde resulta, que la celebración de una Misa no tiene menos valor que la muerte de nuestro Salvador. Ruperto, abad de Deuz, se expresa así: “Tan cierto es que Cristo en la cruz alcanzó el perdón de nuestros pecados, como que bajo las especies sacramentales nos concede la misma gracia.”
El modo más conveniente de asistir a la Santa Misa, consiste en ofrecerla a Dios en unión con el sacerdote, pensado en el sacrificio de la Cruz, esto es, en la Pasión, Muerte y Resurreción del Señor; y comulgando, al menos espiritualmente. La Comunión es la unión real con la Víctima inmolada y, por consiguinte, la más grande participación en el Santo Sacrificio. Cuando oímos la Santa Misa debemos guardar la máxima devoción y respeto, como espectadores que somos del drama del Calvario.
En la liturgia tridentina, la realidad de la Misa como renovación del sacrificio de la Cruz, se hace por demás evidente. El crucifijo preside el altar. La cruz está bordada en los ornamentos del celebrante y labrada cinco veces en la piedra del altar, doce en las paredes del templo y una en el cáliz y la patena. Durante la Misa, el sacerdote hace la señal de la cruz treinta y una veces sobre la ofrenda, diez y seis veces sobre sí mismo, y tres veces sobre los fieles.
Los ornamentos con que el sacerdote se reviste nos recuerdan las insignias con que Cristo fue revestido en día de su pasión y muerte. En el amito podemos ver el velo con que los soldados del Sumo Sacerdote cubrieron el rostro del Salvador. El alba nos recuerda la vestidura blanca con que Herodes lo vistió por burla. El manípulo y la estola, los cordeles y sogas con fue aprisionado. El síngulo, los látigos nudosos y emplomados con que lo azotaron. La casulla, recuerda el manto púrpura que le pusieron los soldados. En la casulla, el celebrante tiene en el frente la columna de la flagelación y a sobre sus espaldas, lleva la Santa Cruz, como Cristo lo hizo en el vía crucis. El altar y el ara consagrada representan el monte Calvario y la piedra en que se fijó la cruz. El corporal, la palia y el purificador nos recuerdan el sudario y la sabana santa en que fue envuelto el cuerpo del Señor. Con el cáliz y la patena nos simbolizamos el sepulcro y la losa con que este se cerró.
Como podemos ver, todo en la Santa Misa, nos lleva a recordar la Cruz. La Santa Misa y la Cruz son realidades inseparablemente unidas. Quien quiera participar devotamente de la Misa, debe amar y la Pasión del Señor. Quien quiera llevar su cruz y seguir a Jesús, como el nos manda en el Evangelio, debe amar la Santa Misa. A la Misa como a la Cruz, debemos asociar nuestras, alegrías, penas, gozos y sufrimientos, y los de la humanidad entera.
Providencialmente, el Santo Padre Benedicto XVI ha querido que las normas del Motu Proprio “Summorum Pontificum”, comenzasen a observarse a partir de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Sin duda alguna, que la mayor frecuencia en la celebración de la Misa en la forma “extraordinaria”, ayudará a los fieles a recordar la íntima unión existente entre el Sacrificio del Calvario y la Santa Misa.
Que con Santa Rosa Lima, podamos exclamar: “Fuera de la cruz no hay otra escala por donde subir al cielo.”
O crux, ave, spes unica!
Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

Natividad de María Santísima




La Natividad de Nuestra Señora es una de las fiestas marianas más antiguas. Tuvo su origen en oriente en el siglo V, con la dedicación de una basílica en Jerusalén, en el lugar donde se supone nació la Virgen, hoy basílica de Santa Ana. La liturgia de este día está signada por la alegría. La Natividad de María fue el principio de nuestra salvación, como dice la oración colecta de la Misa.
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El nacimiento de todo niño es motivo de alegría. Más aún debe serlo el de esta Niña, que ha sido predestinada a ser la Madre del Salvador, y por ello, preservada de todo pecado en previsión del Sacrificio redentor de su Hijo. Nuestro Señor dice en el Evangelio: "Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él." (Lc. 18, 17). Estas palabras se cumplen al a la perfección en María. Ella conserva esa pureza y humildad, que poseía en su niñez. Más aún, siendo ella concebida sin la mancha del pecado original, es más pura que cualquier infante recién bautizado. María es la criatura más perfecta que ha salido de las manos de Dios. No podía ser de otro modo, pues de ella debía tomar la naturaleza humana el mismo Hijo de Dios. Por ello fue colmada de todas las gracias, desde el instante mismo de su Concepción. Tanto es así que el arcángel exclamará al saludarla: "Ave María, gratia plena". Llena de la gracia de Dios.
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Santo Tomás de Aquino afirma que la Santísima Virgen estuvo llena de gracia de tres modos. Primero, estuvo llena de gracia en su alma porque desde el principio su alma hermosísima fue toda de Dios. Lo segundo, porque estuvo llena de gracia en su cuerpo, ya que mereció dar su purísima carne al Verbo eterno. Lo tercero porque estuvo llena de gracia para provecho de todos, pues así todos los hombres podrían participar de su gracia.
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Los cristianos, invocamos a María en las letanías, con el título de "Foederis Arca". Ella es la nueva Arca de la Alianza, ya no revestida con riquezas materiales, sino con los siete dones del Espíritu Santo. El Arca de la Alianza guardaba en su interior las reliquias más insignes del judaísmo. María ha llevado en su seno al mismo Dios, y le ha dado su propia carne. El arca de la antigua ley era tan sagrada que quien se acercaba a ella y la tocaba sufría la muerte. María, el arca de la nueva ley, irradia una santidad tan grande, que contagia con su virtud a quienes se acercan a ella por la oración, y los conduce a la vida celestial. No hay alma que recurriendo a Santa María no quede transformada y santificada. Por ello Santo Tomás de Villanueva se refería a ella como: "Llena de gracia de cuya plenitud participan todos."
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En el nacimiento de la Virgen , el mismo demonio se ve humillado y abatido, por una frágil Niña recién nacida, a quien no ha podido ni podrá jamás mancillar con el pecado. Es por esto que Tomás de Kempis asemeja a María a una fortaleza. Dice así: "El mismo Jesús entró en esta fortaleza, asumiendo en ella los sagrados miembros de su cuerpo, con el fin de vencer al príncipe de las tinieblas. Tú también, entonces, entra para refugiarte a la sombra de esta fortaleza, rogando día y noche ser salvado por los méritos de la Santísima Virgen, de todos los males que te amenazan, manteniéndote seguro bajo el amplio manto de Nuestra Señora, ya que, cuando María ruega, desaparece toda horda maligna."
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Alegrémonos pues en este día. Demos gracias a Dios Padre por haber creado a la Virgen y haberla adornado de todas las virtudes. Demos gracias a Dios Hijo, que en su gran generosidad, no se ha reservado para sí mismo este tesoro, sino que nos ha dado como Madre a su propia Madre. Demos gracias al Espíritu Santo, que ha querido que junto a El ocupemos un lugar en el Corazón Purísimo de María. Demos gracias por su gran amor, a la Santa Trinidad de quien María es templo Santísimo.
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Ave María purísima!
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

domingo, 31 de agosto de 2008

El Altar


El Liber Pontificalis establece que San Félix I decretó que la Misa debía celebrarse sobre las tumbas de los mártires. Esto, sin duda, provoco dos cosas: un cambio de forma, de una simple mesa a un arca o tumba, y la norma de que cada altar debía contener reliquias de mártires. Normalmente el altar se levantaba sobre escalones desde los que el obispo predicaba en ocasiones. Originalmente estaba hecho en forma de mesa ordinaria, pero gradualmente se introdujo un escalón debajo y se levantó ligeramente sobre él. Cuando fue introducido el tabernáculo, el número de estos escalones fue aumentado. Según la disciplina presente de la Iglesia, hay dos tipos de altares, el fijo y el portátil. Ambas denominaciones tienen un doble significado, es decir un altar puede ser fijo o portátil o en un sentido amplio o en sentido litúrgico. Un altar fijo, en un sentido amplio, es uno que está sujeto a una pared, el suelo o a una columna, esté consagrado o no; en sentido litúrgico, es una estructura de piedra, permanente, que consiste en una mesa consagrada y un soporte que debe construirse con cimientos sólidos. Un altar portátil en sentido amplio es uno que puede llevarse de un lugar a otro; en sentido litúrgico es un ara consagrada, suficientemente grande para contener la Sagrada Hostia y la parte mayor de la base del cáliz. Se inserta sobre un altar que no es un altar consagrado fijo.


Los componentes de un altar fijo, en sentido litúrgico, son la mesa (mensa), el soporte (stipes) y el sepulcro. La mesa debe ser una sola losa de piedra unida firmemente con cemento al soporte, para que la mesa y el soporte formen una sola pieza. La superficie de esta mesa debe ser perfectamente plana y pulida. Se graban cinco cruces griegas en su superficie, una en cada una de las cuatro esquinas, aproximadamente seis pulgadas de los bordes, pero directamente sobre el soporte, y una en el centro. El soporte puede ser una pieza sólida o puede consistir en cuatro o más columnas. Éstas deben ser de piedra natural, firmemente unida a la mesa. No se precisan infraestructuras, sin embargo, pueden consistir en una pieza, en todo caso construida solidamente para hacer la estructura permanente. El apoyo puede tener cualquiera de las formas siguientes:




  • En cada esquina una columna de piedra natural y los espacios entre las columnas pueden rellenarse con cualquier tipo de piedra, ladrillo, o cemento;

  • el espacio entre las dos columnas delanteras puede dejarse abierto, para poner bajo la mesa (expuesto) un relicario que contiene el cuerpo (o una parte del cuerpo) de un santo;

  • además de las cuatro columnas, uno en cada esquina, una quinta columna puede ponerse al frente en el centro. En este caso la parte de atrás y, si también se desea, los lados, puede rellenarse de piedra, ladrillo, o cemento;

  • si la mesa es pequeña (debe ser en todo cada más grande que el ara de un altar portátil), se le ponen cuatro columnas bajo, una en cada esquina y, para conseguir el tamaño requerido, pueden agregarse marcos de piedra u otro material a cada lado, estas partes agregadas no se consagran, y pueden construirse después de la ceremonia de consagración;

  • si la mesa es deficiente en anchura, se le ponen cuatro columnas debajo, una en cada esquina, y se agrega un marco de piedra u otro material a la parte de atrás. Esta parte no se consagra y puede construirse después de la consagración del altar.


En los dos últimos casos pueden rellenarse los espacios entre las columnas con ladrillo o cemento o pueden dejarse abiertos. En todo caso, la infraestructura pueden ser una masa sólida,o el interior puede estar hueco, pero esta cavidad no puede usarse como armario por guardar artículos de cualquier tipo, incluso si pertenecen al altar. Ni en las rubricas ni la Sagrada Congregación de Ritos prescriben ninguna dimensión para el altar. Ha de ser, sin embargo, suficientemente grande para permitir a un sacerdote celebrar convenientemente el Santo Sacrificio en él, de tal una manera que todas las ceremonias pueden ser observadas dignamente. Así, los altares en los que se celebran servicios solemnes exigen ser de dimensiones mayores que otros altares.


Antes de entrar en uso un altar, ha de ser solemnemente consagrado por un Prelado. La ceremonia forma parte de la consagración de una Iglesia, si bien puede efectuarse por separado. Consiste en una serie de oraciones y ritos dispuestos por la Iglesia:

1) Rito preparatorio. Rezo de los Siete salmos penitenciales, con otras preces y Letanías de los Santos.

2) Purificación del altar. El Obispo bendice el agua llamada "gregoriana", que consta de agua, sal, vino y ceniza; traza con ella cinco cruces en el centro y en los cuatro ángulos del altar y rocía con un ramito todo el altar.

3)Colocación de las Reliquias. El obispo prepara el cemente mezclándolo con el agua "gregoriana", traslada solemnemente las Reliquias a la Iglesia, consagra con el Santo Crisma el pequeño sepulcro en que ha de encerrarlas, las deposita en el hueco, las incensa y las tapa.

4) Consagración del altar. Lo incensa todo alrededor, traza por tres veces cinco cruces en el centro y los ángulos del altar con el Santo Crisma, unge toda la mesa con el mismo, bendice y quema cinco granos de incienso sobre las cinco cruces del altar, unge nuevamente el frontis y las junturas de la mesa con la base.

El obispo consagrante estrena el altar celebrando en él la Santa Misa.

El altar queda execrado y necesita nueva consagración, cuando se quiebra notablemente la mesa o se la separa de la base, o se sacan las Reliquias o se lo utiliza para un fin indigno.

En toda iglesia consagrada es necesario que haya por lo menos un altar fijo, que suele ser el Mayor. En las no consagradas pueden ser todos portátiles.



Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

miércoles, 27 de agosto de 2008

El Misal


El siguiente es un párrafo extraído del Libro "La Flor de la Liturgia" del Padre Andrés Azcárate. Mientras lo leía me resultó inevitable pensar en hacerle algunas interpolaciones en cursiva. Ahí va el texto glosado.


"La liturgia de la Misa, tanto los textos fijos como variables, los propios como los comunes, contiénense en el Misal, el cual es por lo mismo, el libro oficial de la Misa para los sacerdotes que la celebran, y es natural que lo sea para los fieles que asisten a ella. Usar otro libro distinto del Misal, o su equivalente, para asistir a la Misa [o para celebrarla], es apartarse de ella sistemáticamente, en ves de unirse siguiendo al celebrante [Jesucristo: el Sacerdote, Víctima y Altar de toda Misa]. Es, si se quiere asistir a la Misa [o celebrarla] sin seguir la Misa; es contentarse con una participación mínima en los frutos riquísimos del Santo Sacrificio pudiendo disponer de una participación máxima; es, en fin, andar rondando en derredor de la Misa, sin resolverse a entrar en ella. "


Cuanto han cambiado las cosas en la Iglesia en 50 años! Seguramente el Padre Azcárate jamás imaginó que llegaría el tiempo en que los propios sacerdotes dejaran el Misal de lado, para celebrar a su antojo, dando rienda suelta a la inventiva. El Padre Azacárate se preocupó durante toda su vida de erradicar la ignorancia litúrgica entre los fieles. Hizo de ello un verdadero apostolado. ¡Que pensaría de tantos sacerdotes que parecerían querer sumergirse y sumergir a los fieles en la ignorancia más profunda!


Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

nichaneguiridlian@gmail.com